domingo, 4 de septiembre de 2011

Hotel California



Un capítulo de mi próxima novela "AJEDREZ PERPETUO"


En aquel tiempo ella estaba viviendo ya en Montevideo, cuando un atardecer recibió la llamada de él y convinieron en encontrarse en el hotel California donde estaba hospedado. Sabía de ella al dedillo, qué hacía en sus horas libres, los lugares qué frecuentaba, las personas con quienes se reunía. Se sobresaltó. Cuando sonó el teléfono no se imaginó que sería él. Le preguntó cosas sobre ella:
-¿Te gusta vivir en Montevideo?
- Me siento más tranquila
Ella vivía en una casa solariega en un barrio residencial que había sido el lugar de veraneo de la familias acomodadas del siglo pasado. Siguieron hablando de cosas banales que no se referían al pasado sino más al presente que los confrontaba. Hubo cierto momento en que ella se sintió incómoda y fue cuando mencionó a Ariel. Le comentó a grandes rasgos que es cruel y desapegado de los sentimientos, que ahora estaba en el Brasil, con la excusa de terminar sus estudios aunque pretendía recomponer desde el exterior el movimiento. Le pareció que él no hablaba con nadie con tanta sinceridad desde hacía años. Luego cayó el silencio sobre ellos. Era un  hondo silencio que de tener los ojos cerrados, permitiría desfilar las imágenes del pasado como una película de Godart. Entonces, él la invitó a su hotel:
-Estoy en Montevideo, de paso, mañana tomaré un vuelo rumbo a Suiza. Me gustaría que pudieras venir al Hotel California. ¿Lo conocés?
-Si, lo conozco
Estaba turbada, él estaba allí a pocos minutos de su casa y quería verla. Su corazón latió de prisa como si quisiera huir de su tórax. Por un instante no supo qué hacer. Era evidente que deseaba verlo, pero era consciente del riesgo que eso equivalía. En numerosas ocasiones, en su mente había fantaseado con la idea de verlo una vez más. Lo que más recordaba de él, era la textura de la tela del pasamontañas que cubría su rostro. Por otro lado, tampoco quería sacudir el tizne que cubría los hechos tenebrosos del pasado. El ni siquiera se sacaba la ropa ni el pasamontañas. El instinto le advertía que no debería verlo, sin embargo la propuesta le estremecía y la rodeaba de una irrealidad incompatible con ella. Se había quedado sin palabras:   
-¿Estás allí?
-Estoy aquí y pasaré por tu hotel en una hora.
-Te espero.
Ella anotó en una hoja, el número de la habitación y del teléfono del hotel. Y fue hasta allí para verlo, a la vuelta del centro de detención de cientos de desaparecidos y víctimas de la dictadura uruguaya. Llegó al lobby,  nadie estaba en la recepción, se dirigió al ascensor y pulso el número dos. Caminó con pasos lentos el pasillo y encontró la puerta de su habitación, golpeó, cuando se abrió él sonreía en el umbral. La abrazó largo rato, aspirando su perfume, Eternity  de Calvin Klein, la acarició sin prisa como si fuera el dueño de las horas. Se acariciaron largo rato sin decir nada. Con toda naturalidad, la llevó al lecho,  la desnudó e hizo lo mismo. En habitación, Central Park Blues cantada por Nina Simone le daba un ambiente sobrenatural. De haber sido lo mismo en el pasado, quizás, ella hubiera sido feliz. Pero, esa oportunidad, se había perdido y nadie la recuperaría y menos ellos. Ella intuyó que su tacto sentía nostalgias de la trama de la tela que le cubría el rostro. Él  la contempló desnuda con la avidez de quién tenía sed o apetito de una bebida o manjar exquisito. Muy despacio, lentamente, había pasado tanto tiempo desde que se separaron, entró en su interior. Sofía, recordó el hondo silencio, entre ambos, que se tragaba todos los ecos sin permitir que llegaran a la superficie. En cada ocasión, juntos ella se enfrentaba a la imagen de la muerte, que se desplegaba a pocos segundos, cara a cara con ella. Ese silencio con tinieblas como un fantasma se interponía de nuevo entre ellos. Solo ese silencio y nada más. Ante esa sensación experimentó pánico y sintió miedo. Entre las sábanas, ella se abrazó a su cuerpo desnudo y se acurrucó entre sus brazos, él dijo en un susurro que la amaba. Ella pensó que su sentimiento no tenía futuro, que la oportunidad había pasado de largo. Nadie podía, ahora, recuperarla. Sentía que su cuerpo era atraído hacia la oscuridad, de esas tinieblas. Cerró los ojos y espantó esos pensamientos. Sonaba The  Star- Crossed Lovers,  esa pieza de blues  de la que Harika Murakami habla en una  de sus novelas, mientras la dureza y un frío de hielo se instalaban en su corazón; el sonido del saxo sonaba doliente por el amor de una pareja de enamorados desdichados, en un intento afanoso de conjurar la fatalidad, inundaba el cuarto del hotel.
Había permanecido a su lado, algo así, como tres horas, eso creía porque no miró su reloj. No hablaron de nada, solamente estuvieron juntos y acurrucados como eso hubiera sido lo más importante en el mundo. Cuando abandonó el lecho, intentó retenerla y ella se puso de pie, le sonrió y se vistió presurosa. Temblaba, precisaba salir afuera  y respirar aire puro. Sentía que si no se marchaba pronto, se quedaría absurdamente  a su lado. Le tomó de la mano:
-Me tengo que ir.
- Está bien, pero me gustaría volverte a ver.
- Necesito estar sola y cuando ponga en orden el caos que me habita, veré si eso es posible. En mi vida no hay lugar para las obligaciones ¿Me comprendés? Siento que no debí dejar que pasara estas cosas entre nosotros. Fue un error.
El la estrechó entre sus brazos y la besó, cerró los ojos y se quedó inmóvil; ella pudo sentir los latidos de su corazón dentro de su pecho. Era un latido acompasado, suave, breve. Cerró los ojos e imaginó su sangre roja que fluía en sus arterias. Le acarició su pelo suave, aspiró su fragancia, mientras sus manos vagabundeaban en su espalda como si intentara retenerla. El abrió los ojos y dijo:
-No comprendo nada, pero  respeto tu decisión
La abrazó y ella le estampó un beso en la mejilla, después tomó su bolsa y salió al pasillo. Mientras esperaba el ascensor, lo vio de pie en el umbral de la puerta con los brazos cruzados. No era alto y parecía muy vulnerable. Sacudió la cabeza y su pelo le tapó el rostro. Agitó su mano para decir adiós y se fue. Él también, le dijo adiós. Ambos sabían que era un adiós para siempre. Ella se sentía vacía, tenía un espacio en blanco inmenso en su interior. Salió a la calle, dobló en la esquina y fue al sitio donde dejó estacionado su auto. Se sentía sin fuerzas, deseaba caminar por la arena de la playa y no pensar en nada. Fluir. Salió a la 18 de Julio y llegó hasta rambla de Pocitos. Caminó descalza en la arena mientras resonaban  a su alrededor el ruido de las olas. Deseaba regresar al hotel, pero no se había movido ni un milímetro, sabía que sería en vano. Una profunda tristeza la invadió, las luces de la noche titilaban y una brisa fresca le recordó que debía regresar a su casa. 


sábado, 23 de julio de 2011

El testigo






Los niños se resistían a formar la ronda, corrían de un lado a otro provocando la desazón de la maestra del preescolar. Ella gritaba y gesticulaba, pero no lograba involucrar a los niños en el juego de la ronda. Entonces, súbitamente iluminada lanzó una amenaza.

-¡Los niños que forman la ronda serán llevados junto al comisario Mencia! ¡Él se encargará de cambiarles la opinión!

Diego sintió en ese instante que un ejército de hormigas le invadía el cuerpo; no supo en qué momento tomó la mano de la compañerita de al lado ni tampoco cómo el pantalón se le había mojado.

Pocos días ates, había oído la conversación de su padre con el vecino. Comentaban que el panadero Mussi se encontraba preso en la policía, en el Departamento de Investigaciones, porque era miembro del partido opositor al Gobierno. Diego lo había encontrado en varias ocasiones frente a su negocio cuando su madre iba a comprar el pan y no comprendía de qué manera se manifestaba la peligrosidad del panadero, pues más bien parecía tranquilo como su padre y era muy querido por su esposa y sus hijos. Algo hacía la policía porque ninguna persona que era llevada detenida volvía sin historias macabras.

Recordó a José, el imprentero, quien fue llevado preso porque había realizado un trabajo para un grupo de estudiantes que distribuyeron panfletos en contra del presidente.

Los padres de Diego se pasaban diciendo que eso les pasaba solamente a los que se metían en alguna conspiración. Finalmente, José regresó a su casa, pero perdió el ojo derecho a causa de los golpes recibidos durante su estancia en la comisaría.

Diego no deseaba que lo llevaran junto al comisario Mencia. Una madrugada, un automóvil detuvo la marcha frente a su casa y experimentó la sensación de que un gran vacío se apoderaba de su pecho; trémulo, casi lloroso, comprobó que toda la cama estaba mojada.

En casa de Basilia, revolvieron todas las habitaciones y los alrededores. Su hermana menor comentó que se llevaron hasta la garrafa de gas. Parece que Luisa, su otra hermana, se suicidó tirándose al pozo cuando algunas personas le contaron lo que le habían hecho, quien, desangrada perdió a su hijo. Estaba embarazada de siete meses. Según las versiones, fue arrestada porque su compañero Roque era dirigente de un grupo político-militar.

Diego miraba incrédulo a la maestra. Nadie le hubiera convencido de que ella, justamente la maestra, sería llevada meses después presa, junto a los miembros de la Caja Cooperadora de la Escuela. La violaron, la torturaron y al retuvieron dos años en una especie de campo de concentración, en un pueblo llamado Emboscada.

Cuando estaba en la Facultad, la encontró en la calle, la saludó y le recordó que fue su alumno en el preescolar. Los grandes ojos de la señorita lo examinaron sin curiosidad. Estaba un poco perdida todavía, en medio de la ciudad. Después de muchos años de rehabilitación, ella llegó a coordinar una organización no gubernamental que trabajaba con niños de la calle y prostitutas.

Diego también había militado en grupos de izquierda. Hasta se planteó la fuerza como último recurso para cambiar la situación. Si bien ahora, se había recuperado la libertad de soñar y de expresarse, él resentía la desigualdad de oportunidades para todos sus compatriotas. Ya no temblaba de miedo ante la amenaza de la policía, pero le sublevaba la impune corrupción imperante en los recovecos y niveles institucionales.

A veces veía pasar una manifestación de estudiantes o campesinos, y le volvía una antigua angustia.

Hoy, sus ansiedades y preocupaciones se reparten entre su nieto Fabián, quien ocupa el centro de su universo, así como la empresa familiar, el alza o la baja de la moneda que rige el mercado, y busca cualquier evento cualquier evento que lo aísle de la realidad que no desea ver y le parece un círculo constante vivido por la humanidad.

Cierta mañana, en la plaza del Congreso, una multitud de campesinos reclamaba las promesas no cumplidas del nuevo gobierno. Él estaba de paso por las cercanías; ni siquiera comprendía lo que pasaba. De pronto, se produjo una estampida general, vio correr a la gente, perseguida por uniformados a caballo y a pie. En un momento determinado, uno de los policías sacó su arma y disparó al  pecho de un hombre, que cayó al suelo. El rostro del agresor y su nombre se le grabaron en la mente a Diego.

A sus cincuenta años, ya no tiembla de miedo ni se le moja el pantalón.

Regresó a su casa y se lo contó a María, su esposa. Por eso, en la antesala judicial, espera para dar su testimonio. En su ánimo no impera la venganza sino la justicia para un hombre libre que murió reivindicando su derecho.


(Publicado en “Zoológico urbano. Doce cuentos Citadinos" Editorial SERVILIBRO, 2004)

domingo, 17 de julio de 2011

Atardecer invernal junto al lago



Frenético, vertiginoso, alucinante, en tres palabras sintetizó lo que había estado viviendo pocas horas antes. La vio venir y apareció una mueca en su rostro. Divisó sobre su hombro una gavilla de aves remontando el horizonte. Atardecer de invierno, el lago cuyas aguas presentaban un color plomizo se juntaba con la niebla y las nubes grises. El viento golpeaba el rostro de quienes se atrevían a salir a la intemperie. Frenético, vertiginoso, alucinante, resonaban en su mente como gotas que se colaban por un agujero y en su golpe final terminaban formando un charco sobre la superficie. Temblaban sus piernas, sentía frío, un intenso frío. Pensó en las veces, en que fueron juntos a tomar una taza de chocolate caliente.

Recordaba vagamente, esa cafetería  con mesas que tenían patas de metal y extraños diseños. El portal con aquel letrero rojo donde se leía con letras negras “El antiguo Vesubio”. Frenético, vertiginoso, alucinante, la sentía en su piel mojada con sudor y fragancia de verbena. Ella le trasmitía energía, lo hacía soñar mundos posibles donde se fundieran en un solo ser. Risueña, cantaba canciones en italiano y reía en medio de sus besos. Amore, amore, bacio. Se deslizaba en las dunas de la blanca arena del deseo como un cometa que remontaba el cielo, con el viento. El lago parecía siniestro aquella tarde de domingo, en medio del silencio y del vacío. Sentía que de pronto se había convertido en un hijo de Saturno. Ambivalente, disarmónico, con altibajos, su ánimo le reclamaba un breve descanso. Se sentó en la playa y una opresión le ciñó el pecho. ¡Me estoy muriendo! Pensó.

Con las manos desprendió un puñado de hierbas y rompió a llorar desconsoladamente, mientras se dirigía a la lancha con la intención de navegar por el lago.

No llores, ya pasó. Le dijo ella, cuando lo abrazó. La fusión de sus cuerpos lo había trasportado hacia una dimensión que él desconocía. Ella besó sus lágrimas y él se acurrucó en su regazo. Una inmensa paz lo inundó y quiso quedarse para siempre en ese instante donde la serenidad se palpaba en la respiración de ambos. Trémulo, suspiró y ella le sonrió. Alargó su mano hacia su torso desnudo y lo acarició como si fuera el terciopelo más precioso con el que hubiera topado. Después no supo que pasó. En realidad, su memoria antigua lo traicionaba. Recordaba retazos donde la veía en un mar de sangre y él le sostenía la cabeza.

Reconocía que nunca antes había estado con una mujer como estuvo con ella. Quizá su pelo castaño oscuro le atraía más que sus caderas o sus ojos oscuros de mirada penetrante. Sin embargo, su risa lo seducía. Lo habían invitado a dar una conferencia sobre su último libro en una facultad de letras. Fue para allá esperando aburrirse con las preguntas de los asistentes, pero en medio de esa tediosa reunión la escuchó preguntar con ávida curiosidad sobre aspectos que había tratado de manera superficial en el libro.
Cuando terminó la sesión, ya en el pasillo ella le pidió que le firmara un ejemplar que había adquirido en la librería del centro de la ciudad. Accedió con fingida humildad, cuando le devolvió el libro ella le preguntó donde podría escribirle. Le dio una dirección. Cada dos días recibió una carta de ella. No le contestaba. Seguía escribiéndole y pasaron cuatro años. Él publicó una nueva novela y se la envió. Cesaron las cartas. Algo pasaba con ella, se preocupó. ¿Por qué había dejado de escribirle?
Buscó su número de teléfono y la llamó. Dijo que no le había gustado la historia sobre fantasmas que había escrito. Prefería sus obras anteriores. Él intento disuadirla pero fue en vano. Ven, a verme, pidió y ella fue.

Se quedó,  y se convirtió en la sombra de su sombra si cabe la expresión. Tenía la habilidad de convertirse en alguien indispensable. Leía lo que escribía, hacía las correcciones, buscaba la información precisa para corroborar los más sutiles datos. Le preparaba el café con leche en el punto exacto que le gustaba. Sabía en que preciso momento una canción de blues le disiparía la fatiga. Hubiera pensado que le leía el pensamiento. Él pasó por una etapa de fructífera creación y más de una vez, ella le reclamó que la había convertido en uno de sus tantos personajes. Él reía y ella descompuesta por el enojo daba un portazo y salía a caminar. Al cabo de unas horas regresaba con el semblante tranquilo, repuesta de la rabieta. En una ocasión, ella le había comentado que a veces creía que si se moría, él escribiría un librito para recordarla. Él la miró a los ojos y le contestó: Escribiría un libro, mi querida.

El lago y sus aguas plomizas lo devolvían a ese lugar donde fueron felices compartiendo una merienda en el atardecer invernal mientras el viento les susurraba cuentos macabros. Frenético, vertiginoso, alucinante, se sentía cuando consumaban ese encuentro eterno que les había tocado como privilegio. Un día inesperado, la gente empezó a enfermarse a causa de un virus que hacia estragos en las personas, y provocaba una rápida muerte con grandes hemorragias. Ella se enfermó, la internaron en un hospital y él no se movió de su lado. Al segundo día, cuando se inquietó en el lecho, él  le acarició el pelo castaño oscuro que le cubría el rostro. Despobló su frente y le dio un beso. Entonces, ella lo miró fijamente y él comprendió lo que le decía: Te amo y lo sabes, como también, sé que me amas. Vomitó un chorro de sangre y  convulsionó hasta entrar en coma. La trasladaron a la sala de terapia intensiva y falleció a las dos horas de ingresada.
Frenético, vertiginoso, alucinante es el golpe que recibe cuando la lancha que conduce se estrella contra el muro de piedra de la playa, mientras que el lago y sus aguas plomizas se revuelven en una ola que no llega a la orilla. 

domingo, 26 de junio de 2011

El viejo baúl y las memorias - María Irma Betzel


                 

El baúl sinónimo de arcón y cofre nos conecta con la idea de tesoro escondido. La memoria es un tesoro que se guarda y que hace de las personas lo que son. La existencia es el recuerdo. El secreto de quienes somos está guardado en nuestros recuerdos.  María Irma Betzel,  con su libro  “Memorias de un viejo baúl” nos invita a transitar el territorio de la infancia.


Literatura infanto - juvenil

Se puede considerar a la literatura infanto - juvenil como un sistema de géneros (narrativa, poesía, teatro, de divulgación científica, histórica o cultura) que presenta, como rasgos dominantes y constitutivos de su condición, una calificación estética y la potencialidad de comunicar, de ser leída y disfrutada, por los niños y los adolescentes.
Esta manifestación literaria,  posee un potencial formativo que se convierte en   una herramienta  de las corrientes pedagógicas y las vivencias en el aula de la infancia y la adolescencia. Es un hecho reiterado y, significativo en América
Latina, que los orígenes de la escritura para la infancia y la adolescencia estén vinculados a la tarea de los educadores y a la edición de libros escolares.  Por esta razón, los textos de las escuelas son el medio de difusión principal de la literatura destinada a este grupo de la población.

Una consecuencia negativa de esa relación con la institución educativa ha sido que con su marcado delineamiento didáctico, muchas veces, limita la naturaleza lúdica  y las posibilidades emocionales e imaginativas de los escolares. Una concepción moderna sobre esta cuestión enfatiza una relación de equilibrio, colaboración, intercambio y enriquecimiento mutuos, en la cual tanto la literatura como la pedagogía, sin dejar de ser lo que son, se unen en el quehacer del maestro, del bibliotecario, del promotor de la lectura, a favor de la promoción de la lectura y el desarrollo humano, hoy, de los grupos infanto – juveniles de diferentes generaciones.
En una época dinámica y hasta de agresiva globalización arrasadora de identidades culturales, la mejor literatura infantil y juvenil,  es aquella capaz de influir simultáneamente sobre la sensibilidad y el intelecto desde las edades más tempranas,  y puede convertirse en un poderoso factor de reconocimiento y reafirmación de lo propio,  sin renunciar a la vocación de universalidad que singulariza a  América Latina y en nuestro caso, al Paraguay.

En este sentido, siguiendo a la Sociedad Argentina de Pediatría, su par la Paraguaya fomenta la lectura desde temprana etapas de la vida para “hacerles  a los niños una caricia que los llevará a imaginar otros mundos posibles, a identificarse con personajes y a viajar a lugares lejanos sin alejarse de sus seres queridos”  Estas entidades científicas incorporan al concepto de salud de la infancia, la expresión de todo el potencial de la misma y su armónico desarrollo. Contarles cuentos o leerles un libro es un modo de jugar con ellos, divertirse juntos, alentarlos en el aprendizaje, desarrollar su inteligencia, demostrarles afecto.

María Irma Betzel  y el territorio de la infancia

Desde la perspectiva territorial, la infancia nos conduce por senderos de acertijos y entresijos, que se van contextualizando en un espacio donde la imaginación, la fantasía,  y la ficción  permiten la creación de un mágico universo infantil.
En este territorio, el niño va elaborando un caleidoscopio multicolor, que en su dinamismo  se metamorfosea  y  se transforma,  en  otro mundo oculto y secreto donde la infancia sueña despierta. En nuestro país, las referentes en literatura infanto – juvenil son: María Luisa Artecona de Thompson, Nidia Sanabria de Romero, Gladys Carmagnola, Nila López, Milia Gayoso Manzur y otras destacadas escritoras y educadoras.

María Irma Betzel tiene otras obras infanto – juveniles y la que ahora nos ocupa “Memorias de un viejo baúl” se presenta con un lenguaje sencillo, preciso, fresco y cotidiano. La obra tiene una estructura de caja china, que según ella misma cita a Vargas Llosa, que define esta técnica como la de contar una historia como una sucesión de historias que se contienen unas a otras. La personaje principal, Mariana, descubre unos escritos, una carta y va entrelazando el pasado con el presente con una sucesión de eventos históricos ricos que ayudan a comprender algunos hechos de nuestra historia nacional.

El relato acerca de Cuatí, el niño payaguá, que socorre a su jefe, el Gral. José Eduvigis Díaz con su sabiduría ancestral contribuye a que la niña recree de manera más colorida lo que había escuchado acerca del héroe en la escuela y sobre la etnia de los payaguas, los piratas canoeros del Río Paraguay. Los cinco cuentos que se desarrollan en espiral en la obra aluden a sucesos o hechos de la vida en tiempos del Supremo, la guerra contra  la Triple Alianza y la del Chaco. La casa abandonada, Carta y epílogo reflejan lo citado anteriormente como la técnica de la caja china.

La guía didáctica al final del libro ayudará en aula a profundizar en los diferentes aspectos de las historias, así como en comprender  tanto de la forma como del contenido que nos ofrece el libro y permitirá la reafirmación del ser paraguayo  como una estrategia de permanencia en el contexto  globalizador y dinámico de nuestra era tecnológica.

Lourdes Talavera
Escritora – Médica pediatra

sábado, 7 de mayo de 2011

Kafka en la orilla ( Novela - fragmento)

"El pasado nutre el presente para darle sentido"

                                                   

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla.  Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que guarde relación contigo. esta tormenta, en definitiva eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravésandola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos,danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro  de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.
Lo que yo deseo, la fuerza que yo busco, no es aquella que te lleva a perder o a ganar. Tampoco quiero una muralla para repeler las fuerzas que lleguen del exterior. Lo que yo deseo es una fuerza que me permita ser capaz de recibir todo cuanto proceda del exterior y resistirlo. Fortaleza para resistir en silencio cosas como la injusticia, el infortunio, la tristeza, los equívocos, las incomprensiones.

(Haruki Murakami,  escritor japonés)  

jueves, 14 de abril de 2011

La pandorga

La voz  le seguía hablando, despacio con una mano apartó un insecto que intentaba posarse en su oreja izquierda. Quiso levantar su mano derecha,  pero permaneció en su lugar inmovilizada por una rigidez extrema. Movió los ojos, giró la cabeza y  su mano izquierda dibujó figuras estrafalarias al rotar interna y externamente. Las palabras fluían de su boca como un surtidor libre. Sin embargo, no se podía interpretar el significado exacto que tenían. Era un laberinto sonoro donde los ecos se superponían en una polifonía vibrante.

No supo en qué momento trepó por el muro de alambre tejido como un gato. Tampoco ahora  importaba eso. Sintió nauseas, un sabor ácido y corrosivo le quemó la lengua.

-         Corre, no te detengas. Le repetía, la voz, una y otra vez

El se perdía por senderos desconocidos, sentía que bostezaba una y dos veces. Un compañero, le tironeaba de las ropas, pero se zafaba de sus manos y seguía buscando la salida  con pasos zigzagueantes como un borracho. Le dolía mucho la cabeza. Unas mariposas le besaron el rostro y cerró los ojos para no lastimarse con las alas desplegadas al máximo sobre su cara. Se sumergió en sus colores y  zambulló en los recovecos del arco iris. Le pesaba la cabeza. Una nube negra pasó y la oscuridad lo abrazó con un manto grueso que no le protegía del frío.
-         Mamá. Llamó y no encontró respuesta.
La vio agitada, presurosa en los corredores que separaban a los panteones unos de otros. Ese era su trabajo, mantener limpios los corredores entre  los panteones del cementerio de la Recoleta. Deseó abrazarla. Sin aviso, un chorro verdoso escapó de su boca tapando sus fosas nasales. No se pudo limpiar la cara. Sintió  un intenso dolor en la nuca. Un ruido trepidante lo atontó. Bostezó de nuevo. Se sintió escalando una montaña. Un fino temblor le cruzó la cara. La voz, lo invitó de nuevo a trasponer el umbral.

-No puedo dormirme, tengo que estar despierto. Se dijo, en un susurro.

Vio el piso de piedras  con la mancha de sangre y el cercado de alambre tejido  que tendría como dos metros de altura. Estaba con los otros niños jugando a la pelota, cuando alguien le desafió a treparlo, a la máxima altura que pudiese. Aceptó. Recordó que sus manos como garras se prendieron de los hilos del alambre tejido, miró el cielo y vio  unas nubes, de pronto quiso pasearse en una de ellas y remontarse bien alto como una colorida pandorga.

De nuevo las mariposas lo aturdieron, sus alas le rozaron la cara y  provocaron cosquillas en el cuello. La voz  le alentó a dejarse llevar por las ondulaciones de la brisa. No supo en qué momento perdió el equilibrio. Todo se volvió negro para luego encontrarse en un sitio resplandeciente. Levantó la mano izquierda y quiso agarrar una mariposa multicolor que giraba a su alrededor, cuando se movía sentía que su estómago se revolvía. Lentamente, quiso ponerse  de pie, y de nuevo su cuerpo zigzagueó como una rama de sauce mecida por la tormenta. Un sonido agudo lo sobresaltó y todo el mundo se agitó. Una mujer descargó sobre su pecho una plancha de plástico que lo sacudió como un terremoto y lo lanzó por arriba de la cama para volver a caer, sobre el colchón.

Cuando su cuerpo dejó de vibrar, cesaron las nauseas, la estancia se llenó de una cálida luz  y distinguió de lejos a su madre que lloraba desconsolada.  Por instinto, comprendió que todos los días se encontrarían entre los corredores de los panteones donde ella trabajaba. Las mariposas se habían marchado  y en el cielo volaba una pandorga de color blanco  con flecos negros. Sonrío a su madre, y  traspuso el umbral lentamente.

    

sábado, 9 de abril de 2011

Senderos a ninguna parte

                                                                                   
Había pasado tanto tiempo, casi veinte años de repetir las mismas situaciones. La espera había sido larga y a veces complicada. Sin embargo, un día desperté y quise soltar todo aquello que me encadenaba al pasado vivido dolorosamente. Poco después de Pascua, decidí reservar un lugar en una peregrinación a Tierra Santa. El vuelo iba de Luque a Montevideo – Madrid – Tel Aviv. La noche que confirmé el viaje no pude dormir. Cuando llegamos a destino al anochecer, nos llevaron en un ómnibus e instalaron en una pensión en Tiberiades. La habitación que me asignaron tenía amplios ventanales y dejaba pasar el viento que traía la frescura del lago, con el mismo nombre. Me tendí en la cama con la ropa puesta, entre la fatiga y la modorra dejé que mis pensamientos se desataran. Había pasado veinte años creyendo que el amor lo podría superar todo, incluso el desamor del otro y me había equivocado. Muchas veces, mi temor a vivir lo que cada día me  deparaba, me devolvía a tus brazos.

Más allá de lo que pudiera esperar del futuro importaba  más aquello que había vivido contigo. De noche mi sueño se impregnaba de tu ausencia mientras que el frío del invierno me recordaba tu alejamiento. Para asumir una realidad ineluctable había buscado recursos que  me dieran una sensación de sosiego y pertenencia al mundo. Aunque alternaba con las personas me sentía terriblemente sola. Podía navegar por el inmenso territorio de la tecnología y contactar con los demás, la agonía de no existir para ti, era mucho más fuerte que cualquier otra emoción o sentimiento. Sin embargo, aunque tuviera la vocación por el ayer, un horizonte se desplegaba ante mis ojos con la urgencia de ser tomado en cuenta.
Me habías dicho que no tenías ninguna religión, no profesabas una fe pero vivías consumido por las supersticiones ¿Cuál es la diferencia entre fe y religión?  ¿Por qué no seguí mi vida sola? ¿Por cobardía, comodidad, un sentido erróneo de libertad o simplemente miedo a vivir? Ahora, me da vergüenza pronunciar tu nombre, durante veinte años lo había repetido con devoción hacía ti. No pude decirte que dentro de mí, habitaba la pena de los muertos. Todo lo inexpresado golpeaba mi cabeza y se trasmitía a mi corazón. Deambulaba sola por mi casa, transitando los entresijos de una espiral, pero, de pronto comprendí que debía buscar y hallar una hilacha de esperanza que me ayudara a mirar de nuevo la vida a colores y no solamente en tonalidades grises. Quería saber todo sobre mí. Más allá de mi fragilidad, de mis planes quizá limitados debía encontrar mis respuestas.

¿Qué existencia tenías detrás de esos ojos claros? Una vida que nunca compartirías conmigo. Mis preguntas te exasperaban mientras que yo creía que eran necesarias. Cuando me preparé para este viaje  puse en la maleta una antigua Biblia que había comenzado a leer cuando decidí alejarme. No diste señales de preocupación por mi abandono. La habitación era confortable, al tomar algunas cosas del equipaje encontré la Biblia y la abrí al azar como acostumbro a hacer cuando la leo. Estaba cansada pero deseaba leer  y descubrir algo que hiciera sonar un timbre, en mi interior. Por otra parte, también, tenía que descansar para la jornada que me esperaba al día siguiente, con la ida a Cafarnaúm.

No puedo precisar los hechos, solamente recuerdo que en la mañana, el teléfono me despertó y una voz, en inglés, me recordó la salida; a las apuradas  me alisté y salí con el grupo a nuestro destino. Recorrimos y llegamos al sitio donde estaba la antigua sinagoga, la brisa del lago atenuaba el calor. A la sombra de un arbusto me senté a beber agua mineral de la botella que llevaba conmigo. El tiempo que estuve allí me envolvió un sopor denso. Miraba a esas personas que debían creer en algo, por eso estaban allí y no en una playa como Ibiza. De improviso, una mujer se me acercó y tomó del brazo casi obligándome a seguirla. Exhalaba el perfume de las flores del mirto. Existen senderos que no llevan a ninguna parte, me dijo. Me sentí en una soledad infinita, las demás personas habían desaparecido. El viento soplaba y parecía repetir lamentos dolorosos. Seguí a la mujer como una autómata. Caminamos por la orilla del Jordán, tomamos la senda del mar Muerto. No supe cuando tiempo había pasado, quizá dos días o más, no comíamos, solamente yo bebía agua; tampoco dormíamos. En un momento, del día, divisé una montaña y apareció el mar.

Quedaban  los restos de una ciudad, con alquitrán y sal. La mujer se volvió, me miró y en sus pupilas percibí la silueta de una estatua de sal. El sol era implacable y el calor calcinaba. La mujer se acercó a mí, abrió sus brazos como en oración y me dijo con una voz dulce: Este es el paisaje que te rodea cuando insistes en quedarte en el pasado. Después se marchó como a quién no le importa que se acaben los senderos. Quedé perpleja mientras el sol me quemaba las mejillas y comprendí que era María, la madre de Jesús. Inmóvil, sin comprender mis emociones miré el horizonte y busqué  el camino para reunirme con el grupo. En ese instante un fuerte repiqueteo me sobresaltó, abrí mis ojos y la luz del amanecer inundaba la habitación, alargué la mano y tomé  el auricular del teléfono al tiempo que escuchaba una voz, en inglés, que  me avisaba que era la hora de levantarse.  

domingo, 20 de marzo de 2011

Miradas cruzadas en la investigación cualitativa.

“Guido Boggiani. Entre la memoria y el olvido” de Julio Rafael Roqué
                                                     Lourdes Talavera
 Para la mayoría de los asuncenos, Guido Boggiani, es el nombre de una importante avenida de la ciudad que ha tenido un importante auge comercial en los últimos años. Quizá unos pocos, fotógrafos o antropólogos conozcan más acerca de  él. Esta inquietud, llevó al colega, docente universitario e investigador, Julio Rafael Contreras Roque a profundizar su interés en relación a Boggiani y a transitar por un sendero de consultas a diferentes fuentes e investigar a profundidad sus respuestas que nos presenta  en su obra:”Guido Boggiani. Entre la memoria y el olvido”.
En este tiempo, en el que se conmemoran doscientos años de la independencia patria es importante resaltar a aquellas figuras que han contribuido al patrimonio cultural y científico del país. Este énfasis nos propone el Profesor Contreras Roque, con una propuesta pedagógica de reconstrucción que parte de  reestructurar la docencia y la cultura para permitir que los jóvenes superen la falta de aceptación de los antecedentes históricos de la realidad actual. Expresa la tesis que “el hombre es un ser social e histórico y tiene una herencia cultural que puede llegar a ser  aún más determinante que la biológica” y en más de cuatrocientas páginas explica sus argumentos al respecto.
Guido Boggiani, italiano de nacimiento, desplegó su talento y desarrolló su creatividad en  diversas actividades en nuestro país, dónde falleció en tierras chaqueñas (1901). Se dedicó a la etnografía, la lingüística, al arte,  y a la fotografía. Contreras Roque, considera su obra sobre Boggiani como un intento de ensayo- biografía. Con rigor científico nos presenta una mirada cruzada con  la visión y las facetas del Guido Boggiani, investigador etnográfico cuyo medio fundamental ha sido la fotografía. Los resultados de su observación documentada fotográficamente se encuentran en el Museo de Berlín y  otros forman parte del tesoro documental del país.
Para realizar una investigación etnografía es necesario adentrarse en el grupo, aprender su lenguaje y costumbres, para hacer adecuadas interpretaciones de los sucesos se tiene que tener en cuenta sus significados; no se trata de hacer una fotografía con detalles externos solamente, se debe ir más a la intimidad de lo retratado y analizar los puntos de vista de las  personas y las condiciones histórico-sociales en que se dan los hechos o fenómenos estudiados. Por este motivo, el etnógrafo tiene que insertarse en la vida del grupo y convivir con sus miembros un tiempo prolongado, pues ante todo tiene la necesidad de ser aceptado en el grupo, después aprender su cultura, comprenderla y describir lo que sucede, las circunstancias en que suceden mediante el uso del mismo lenguaje de los  participantes.
Refiere Peter Good que los etnógrafos tienen mucho en común con los novelistas, los historiadores sociales, los periodistas y los productores de programas documentales de cine y televisión porque deben desplegar una extraordinaria habilidad etnográfica en la agudeza de sus observaciones, la fineza de su oído, la sensibilidad emocional, la penetración a través de las diferentes capas de la realidad, la capacidad de empatía con sus personajes, sin pérdida alguna de capacidad para valorarlos objetivamente. Es una mezcla de arte y ciencia, en la que el autor inserta también la educación. No se trata de escribir una obra de ficción, porque se trata de un método de la ciencia posible de validar íntegramente y en cada uno de los procedimientos y análisis que se hagan, aunque tiene que estar determinado por el estilo del investigador, "del narrador", de su "sensibilidad" y de la comprensión, propiedades o atributos esenciales artísticos para algunos, pero también son habilidades que pueden ser adquiridas en la práctica del método. [1]
Algunos autores utilizan la etnografía como sinónimo de investigación cualitativa, en la que incluyen la etnografía propiamente dicha, es decir la investigación de campo con carácter cualitativo, las historias orales o historias de vida y los estudios de casos. Sin embargo, no toda investigación cualitativa es etnográfica. Para otros, la etnografía es considerada como método o conjunto de prácticas y herramientas desarrolladas o un complemento en el uso de métodos cuantitativos. Con la investigación etnográfica  se busca construir una teoría de la cultura particular a un grupo, interpretando el entorno a través del análisis de lo que dicen, piensan y hacen las personas que pertenecen a ese grupo. Boggiani brindó  aparte de sus escritos, un aporte  visual fundamental porque supo captar “la otredad” de las personas, procedentes de las etnias que fueron fotografiadas. Lo que podría considerarse en nuestros días como un delineamiento  de la memoria basado sobre “el  otro” en contextos diferentes y reconstruidos por quien lo mira.
Es indudable el legado antropológico, lingüístico y cultural que  nos ha dejado Boggiani y que en la obra de Contreras Roque se va ahondando en sus diferentes capítulos dedicados a la biografía de Boggiani, sus escritos, viajes de exploración,  estudios de etnología, antropología y su labor de fotógrafo. También se puede encontrar una amplia referencia  bibliográfica de obras publicadas sobre él, otras biografías y un anexo con una preciosa colección de fotografías.
El transcurrir del tiempo implica cambios en una sociedad y en las personas. Esto trae como consecuencia los cambios de paradigma, nuevas concepciones y un constante dinamismo en las comunidades epistémicas. La divergencia en los diferentes enfoques teóricos de la interpretación de los hechos en ciencias sociales, con frecuencia, lleva a debates y discusiones que generan posiciones “reduccionistas”. Esta situación inquieta a Contreras Roque, y él propone como alternativa seguir a Ian Hooder, y hallar una interpretación post procesual que oriente a la ciencia hacia senderos abiertos. Sostiene, además que en base a teorías  como “de la catástrofe a la teoría de la sociobiología” pueden contribuir y generar un campo más maduro y equitativo que integre a figuras notables como Guido Boggiani a la historia cultural  y científica del Paraguay.
Como lectora,  escritora, docente universitaria e investigadora considero que esta obra nos deja una tarea importante, la cual consiste en la lectura de la misma e identificar  la mirada y la visión de Boggiani y establecer una comparación para comprobar la riqueza de su legado a nuestro país.



El Autor    
Ecólogo y biólogo evolutivo. Historiador de la Ciencia. Es profesor investigador visitante en la Universidad Nacional de Pilar, Paraguay, y Director del Instituto de Bioecología e Investigación sub. Tropical/UNP. Miembro de la Academia Paraguaya de la Historia, de la Sociedad Científica del Paraguay, Presidente de la Fundación de Historia Natural “Félix de Azara” de Bs. As. Recibió el premio “Félix de Azara”, en España.  Libro: “Guido Boggiani. Entre la memoria y el olvido”. Edición propia.  Colección Azara Nº 1. Auspicios Fundación de Historia Natural “Félix de Azara”. Asunción. 2009Guido.Edición propia.
Año de aparición: 2009.
Año de aparición: 2009.


[1] Nolla, N. Etnografía: una alternativa más en investigación pedagógica. Educ. M. Sup. VII. Nº 2. La Habana. Julio-Dic.1997

viernes, 25 de febrero de 2011

“Residentas, Destinadas y Traidoras” a propósito de “La Noche de las Kygüa Verá” como antecedente del papel de las mujeres en la reconstrucción de la Nación paraguaya.




La obra de Guido Rodríguez Alcalá: “Residentas, Destinadas y Traidoras”- Testimonios de Mujeres de la Triple Alianza, es una compilación de carácter divulgativo acerca del papel que ha protagonizado las mujeres en la guerra contra la Triple Alianza.
                
Se trata de relatos de las propias sobrevivientes o sus allegados en la  pos guerra, se leen de fuente secundaria los escritos de Héctor F. Decoud (niño traidor, acompañante del éxodo impuesto a su madre, Concepción Domecq de Decoud), los de Dorotea de Lasserre  cuya figura inspiró el cuento “Destinas”  a Helio Vera; los de Encarnación Bedoya y de Silvia Cordal. Todas ellas pagaron culpas ajenas estigmatizadas como destinadas y traidoras.
                     
No existen cifras certeras en relación al número de Traidoras que murieron en su particular periplo por Ihú, Curuguaty, Igatimí y Espadín (lugar ubicado en la unión de las cordilleras de Amanbay y Mbaracayú. Un recuento del grupo importante de las Destinadas a Espadín fueron brindados por  Dorotea Lasserre y Héctor F. Decoud. Sin embargo, no discriminan la lista de las liberadas.

La venganza de López fue contra la familia de los traidores, y esta compilación expone el lado oscuro de las “Residentas”. Un hecho que se debe destacar es la “Masacre de Concepción” cuando Francisco Solano López ordena ejecutar a mujeres acusadas de traidoras y despojadas de sus joyas, en la plaza pública de la ciudad.

Se ensalza de manera convencional a la “Residenta”, sin tener en cuenta que en febrero de 1868, López ordena evacuar Asunción, bajo pena de muerte para aquellas incumplidas. Este éxodo de las mujeres las distinguió en categorías tales de: Residentas, cuyas familias estaban en buenas relaciones con el gobierno, es decir con López;  las Destinadas y Traidoras cuyos parientes eran opositores al régimen e incluso pagaban por las faltas de sus amigos o conocidos.

Las condiciones de pobreza durante los últimos meses de la guerra igualó a Residentas y Traidoras porque todo el mundo pasó hambre, con excepción de la familia López y algunos de sus favoritos, refiere G. Rodríguez Alcalá.

Una anécdota impresiona del relato de Dorotea Lasserre : “…llovía siempre, ya teníamos verdadera hambre, la sirvienta de la señora Leite estaba en un deplorable estado de languidez, cuando de repente abortó una burra de la señora, yo les dije que en Francia se comía burra, y que comiesen el aborto al momento. Se animaron y bajo la una continúa lluvia cocinaron esa carne…yo cerré los ojos, pues había jurado vivir y comí de ese alimento.”

Una mirada crítica a la condición de estas mujeres  permite comprender la valentía, la vulnerabilidad y la capacidad de sobre vivencia en condiciones infrahumanas y crueles. Este es el antecedente del invaluable  aporte de las mujeres paraguayas o extranjeras a la construcción de la Nación en la pos guerra de la Triple Alianza.

El libro de Guido, va por su 4ta edición (2010), y puede encontrarse en la Plaza Uruguaya, “Pabellón Serafina Dávalos”, Servilibro.

jueves, 17 de febrero de 2011

Capitulo 28, novela "Sombras sin sosiego"

                                   28

                          
                    
Es domingo y deambula en la mañana soleada en la búsqueda de un mercado de antigüedades, vaga por las desiertas calles mientras que en la intersección de Palma e Independencia nacional, un perro envejecido y achacoso ladra sin descanso a unos niños que duermen bajo el sopor del vaho de la cola de zapatero. Una densa oleada de aire la unge de un hálito de estupor y percibe que en la ciudad se convive con miles de fantasmas. Sonríe al recordar que las sociedades latinoamericanas se reflejan en el espejo de la paradoja; en ellas se entremezclan las haciendas y las financieras; el analfabeto funcional y el intelectual cosmopolita; el caudillo y el inversionista. Actualmente, el trabajo y la religión han sido reemplazados por la ideología del mercado, aunque algunos pensadores hayan impulsado discusiones planteando el tema de la muerte de las ideologías. En nuestros países, los partidos políticos presentan una característica esquizofrénica, el hegemónico otorga a sus miembros un sentimiento de identidad social; donde la mitad es como una orden religiosa y la otra agencia de empleos. De esta manera, los gobiernos de turno siendo los mayores empleadores. Cuando falla el sistema, como en el Paraguay, se da el éxodo masivo de personas al extranjero buscando trabajo, primero a la argentina, después a E. E. U. U. y ahora a España. La necesidad económica obliga a los paraguayos a vivir una cultura diferente.

En las plazas del Parlamento, en Asunción, todavía se extravían los ecos de numerosas voces, las de los otros; de aquellos jóvenes que experimentaron un despertar cívico y luego se hicieron trizas ante el muro del poder de turno y que culminó en un charco inmenso de sangre para el país, en un precio demasiado costoso para mantener una democracia política tejida de hechos y significados ambivalentes. Beatriz había perdido sus ilusiones pero no sus convicciones. Había leído el poema de Eliot: “Entre la vida la vida y la realidad, entre el impulso y la sombra”. Eso le había hecho percibir que el camino de vuelta a una misma pasa por el de los otros. La violencia es una respuesta que impone el poder. La miseria del hombre actual se sustenta en la ignorancia de las causas y del objeto del sufrir, sobre todo en la inutilidad del sufrimiento. Aunque a veces la lucidez brota del dolor como el agua de un manantial, pero deja una angustia como ciega desazón que distorsiona el sabor de los sentidos, se vuelca hacia lo que es amargo y cubre de un manto gris al mundo iluminado e inocente que cobija a la humanidad. Es necesario que del Paraguay se desencanten el infortunio y el dolor. Tiene que existir en algún lugar un cielo más brillante y más azul. Beatriz retoma la calle Estrella y baja por Chile al costado del Panteón de los Héroes y santuario de Nuestra Señora de la Asunción. Cruza Palma y se instala  en una mesa del “Lido Bar”, en la terraza. Pide un pastelito* y un vaso de jugo de naranja. Un niño le pide una moneda, mira su mano y niega con la cabeza. El niño se aleja por la vereda y Beatriz clava su mirada en el asfalto negro.

Gira la cabeza y en una mesa cercana a la suya, divisa al hombre del noticiero. Tien ele pelo casi sobre la nuca, se lo aparta detrás de las orejas, lee el diario y de vez en cuando toma su bebida. Es blanco, no impresiona lo fornido ni lo alto; masculino ni femenino. Impresiona su ambigüedad. Su belleza inclasificable. Ni feo ni bello. Beatriz siente que ha encontrado un espécimen atrayente. Un hombre lo saluda y conversa unos minutos con él. De nuevo retoma su lectura. Ella se saca los anteojos oscuros y sus ojos claros lo miran empecinados en desentrañar sus recovecos. Una tenue gota de sudor le recorre la frente. La piel blanca y transparente de Beatriz adquiere el grafismo de sus sinuosas venillas y arteriolas. Ella es alta. Su gran resistencia ante la depresión hizo que adquiriera hábitos y costumbres saludables. En ese aspecto, salir de paseo por diferentes lugares de la ciudad le permitió aprender a lidiar con sus conflictos. De pronto él la mira, se levanta y se marcha como si tuviera demasiada prisa, de golpe. Lo mira alejarse hacia la plaza y cruzar, Nuestra Señora de la Asunción hasta 25 de Mayo. Ahora su memoria le da la respuesta, es el hijo de Carlos Ordóñez, ya fallecido, como el libanés Cassiuff y Ortellado. Para ellos fue catastrófica la caída de la dictadura. La madre del joven, al quedar viuda, abrió una casa de modas con franquicia para la venta de los diseños exclusivos de Malui Bertucci. Él se dedica a escribir guiones de televisión y cine, como asimismo por esas circunstancias de incomprensibles del sub. empleo en el país, lee las noticias. Tengo buena vista, piensa ella. Paga la cuenta, se levanta, camina la misma vereda por Palma.

Una cuadra más abajo, se encuentra instalado el mercado dominguero de antigüedades. Mira los diferentes objetos. De pronto, llama su atención una caja de té, decorada con una pintura de relieve con detalles iridiscentes. El interior tiene dos compartimientos, el color es canela. Sintió fascinación por la caja y la compró. Pensaba en los arcanos que pudiera albergar esa caja. Era increíble cómo las circunstancias e historias de las personas se encontraban en algún punto inexplicable. Particularmente, no sentía ganas de atormentarse con hechos pasados. La vida vivida es aquella que fue honrada con decisiones propias. Trató siempre de vivir de acuerdo a sus principios y valores, tal cual había aprendido de su padre y de su abuela. Ese domingo se sentía particularmente contenta, Marga su compañera de colegio le había llamado por teléfono para contarle noticias de Nina. Por fin se verían otra vez. El pasado le parecía tan lejano, infinito y, sin embargo, habían pasado tres décadas desde que Nina huyó del Paraguay.  
                         
(Lourdes Talavera, Capítulo 28 de la novela: Sombra sin sosiego.Editorial Arandurâ 2009)
 

El desalojo

                                                                  
                                           
 Los rayos perezosos del sol se colaban entre las ramas de los árboles, el fresco del amanecer era sumamente agradable. Ramón Brítez se acomodó en el asiento del jeep mientras el chofer conducía tranquilo. La espesura del pasto que alimentaba a las vacas, a la vera del camino, le trajo recuerdos de su infancia. La chacra fue el espacio donde tanteó sus primeros pasos, recordó a su madre llevando el tereré rupá[1] a su padre.

Trabajaban denodadamente, el sudor se mezclaba con el polvo; y en la época de la cosecha del algodón, desde el más pequeño al más anciano de la casa se ataban una bolsa a la cintura y colaboraban en la recolección de los blancos copos, que daban una bonanza a la escuálida economía familiar.

Ramón completó sus estudios en su comunidad y luego fue a vivir con su tío a la capital; fue un alumno aventajado, por eso, logró ingresar a la academia de policía y a la facultad de derecho. Hoy, a cargo de del destacamento norte, estaba conceptuado como un respetable defensor de la ley, rasgo poco común entre sus camaradas. Chéverô guara, chockokue kuéra imbareté kikuái ko’ápe.[2]- le dice su chofer.

Asiente con la cabeza y sigue ensimismado en sus pensamientos.

La lucha por la tierra es por la vida. La explotación y la proletarización de los campesinos son una realidad en la sociedad actual, había oído concluir a alguien en un análisis sobre el tema en la televisión. Ekirî`rîna nde bolche[3], había sentenciado mecánicamente en su mente en dicha ocasión.

Su padre era un campesino que se identificaba con el trabajo y la tierra que pisaba.

Aquella era para él su seguridad personal y familiar, allí se desarrollaba su relación comunitaria y con el mundo.

Cuando los invasores de predios se resistían a abandonar la tierra tomada, se le asemejaba a Ramón una lucha contra la muerte, y por lo tanto a pesar que se revelaba a aceptar la idea, eso representaba la defensa del derecho fundamental del hombre. Aunque en su fuero interno se resistía a la reflexión de que la reforma agraria es una bandera y un movimiento concreto para el desarrollo de un país agrícola.

De este modo discurrían sus pensamientos al filo de la impensada izquierda; si eres hijo de campesino, cómo renegar de tus orígenes, le reclamaba su conciencia. Su madre siempre le comentaba el nacimiento de Ramón. La mayoría de las veces, él se sentía privilegiado. Solamente había algo que le desagradaba y era integrar la comitiva judicial y efectivizar el abandono de los asentamientos. Mirar cada rostro curtido por el sol le confrontaba con el semblante cubierto de arrugas de su padre y hermanos mayores prematuramente envejecidos. Los niños descalzos y sorbiéndose los mocos formaban parte del paisaje en el invierno. Las mujeres con el vientre abultado o amamantando a los más pequeños le producían un sentimiento paradójico. Creía que lo que ocurre sólo puede venir de lo que se haya hecho, porque cada quién es responsable de lo que se llama destino; sin embargo, intuía un mundo distinto al que veía para aquellos desheredados en su patria.

Su casa no había sido eso, exactamente, sino un rancho kulata jovái [4], fresco en el verano y abrigado por los leños del fogón de la cocina, en el invierno. Su madre se levantaba antes del amanecer para tomar mate [5] con su padre, y luego preparar el desayuno.

Siempre hacendosa, cuidaba de la huerta y del gallinero; también se ocupaba de hacer quesos que luego vendía en el pueblo y ayudaba para la compra de provistas en el almacén de don Dionisio. Él la ayudaba en dichas tareas, y eran momentos donde intercambiaban anécdotas; ella le contó por ejemplo, por qué eligió llamarlo Ramón. La razón era simple y llana; su madre había pedido la intercesión del santo durante el parto. Ha’e oñangareko cherehe [6], decía convencida de su certeza.

El paraje estaba rebosante de cultivos; las plantaciones de mandioca, poroto y maíz evidenciaban la pujanza de la colonia. Sin embargo, los propietarios legítimos habían ganado el litigio, y no les importaban la escuela, el oratorio ni el puesto de salud.   
Un malestar aquejaba a ramón: a su llegada al núcleo de la población, percibió el humo que se levantaba desde el techo del centro comunitario. Sintió un ligero escalofrío cuando vio al fiscal acompañado de las fuerzas especiales. Para amedrentar a los pobladores habían quemado su sitio de reunión. Los líderes deliberaban y no pretendían acatar la orden judicial. Las mujeres y los niños miraban con temor, sin la posibilidad de resistencia ante lo que acontecía. El fiscal se mostraba implacable, instando a los pobladores a juntar lo más imprescindible de sus cosas y abandonar, de manera pacífica, la colonia y evitar enfrentamientos innecesarios. La tierra es de quien la trabaja. Ésta le pareció a Ramón una sentencia más justa, pero sus labios permanecían sellados.

Una mujer que gritaba rompió en llantos que luego parecieron alaridos. El joven maestro pedía: aníke pepoko mitânguérarehe![7] Era una exigencia para que se respetara a los niños. Las fuerzas de represión blandían amenazantes sus garrotes y armas, mientras Ramón se contenía para no expresar su descontento e impotencia.

Vio el desalojo de cada uno de los ranchos, y amontonarse a la intemperie las escasas pertenencias de sus dueños.

Le habían comentado que en ese asentamiento estaban afincadas más de doscientas familias, que al principio sortearon las horas con el vacío de sus estómagos y la inclemencia del clima, debido a la falta de alimentos y la precariedad de su campamento. Cultivaron el suelo como alternativa de sobrevivencia. Ramón tenía delante de él, a los niños llorando sin consuelo y a sus madres suplicando una tegua a la violencia. Miró y vio, con ojos incrédulos, el cuadro de la desolación. Por primera vez en su vida, se calificó de sentimental; los años lo estaban ablandando.

Recordó a su madre amantando a su hermanito, zurciendo sus ropas, dando de comer a las gallinas; ahora experimentaba un dolor interno. Había leído que la nostalgia es una salida a la angustia; estaba asfixiándose, y cerraba los ojos a una realidad que lo lastimaba, ¿Dónde quedaba en su vida la efímera felicidad? Lo zarandeaba la dramática lucha de la posesión de la tierra como medio de vida y comprendía a esos campesinos, que se resistían y sobreponían a las persistentes amenazas de exterminio, en su afán de no doblegarse a la condena de ser desempleados o proletarios en las crecientes periferias urbanas.

Preso de la ansiedad, se movía de un lado para otro, verificaba cada una de las acciones porque no toleraría el abuso de poder de sus hombres ni los desmanes de los labriegos; deseaba a toda costa que no sucediera ningún desenlace lamentable. Caminaba de aquí para allá. De pronto, se acercó a uno de los ranchos; se asomó al umbral de la puerta, y percibió el aroma a cirio.

En la pieza, divisó u pequeño altar donde resaltaba una imagen de San Ramón, tallada en madera. Una mujer en un rincón tenía prendido a sus senos un pequeño bulto envuelto e harapos.

Cuando Ramón miró al suelo, descubrió una manta extendida y placenta como una masa veteada en un charco de sangre.

Ella había parido sola a su hijo, en cuclillas; y con la llama de la vela había cercenado el cordón umbilical. A los cuarenta y dos años, sorprendido, él comprendió la magnitud de la devoción que su madre le profesaba a ese santo.



(Lourdes Talavera, publicado en: Afinidades Furtivas. Relatos enhebrados. Criterio ediciones, 2007) 







                                                                                  


[1] Colación de media mañana que se ingiere antes de tomar la bebida refrescante llamada tereré, infusión de agua fresca y yerba mate. Puede consistir en una mezcla frita de  mandioca  y huevos que. se llama: Mandió chirirî.
[2] Para mí, aquí los campesinos están fuertes
[3] Cállese, bolche (bolchevique).
[4] Rancho con techo de dos aguas.
[5] Infusión de agua caliente y yerba mate
[6] Él cuida de mí.

[7] ¡No lastimen a los niños!
* El pastelito es una especialidad gastronómica del “Lido Bar”, referente citadino de la ciudad de Asunción, elaborada como una empanada  frita y puede llevar de relleno carne vacuna, pollo o pescado.