sábado, 9 de abril de 2011

Senderos a ninguna parte

                                                                                   
Había pasado tanto tiempo, casi veinte años de repetir las mismas situaciones. La espera había sido larga y a veces complicada. Sin embargo, un día desperté y quise soltar todo aquello que me encadenaba al pasado vivido dolorosamente. Poco después de Pascua, decidí reservar un lugar en una peregrinación a Tierra Santa. El vuelo iba de Luque a Montevideo – Madrid – Tel Aviv. La noche que confirmé el viaje no pude dormir. Cuando llegamos a destino al anochecer, nos llevaron en un ómnibus e instalaron en una pensión en Tiberiades. La habitación que me asignaron tenía amplios ventanales y dejaba pasar el viento que traía la frescura del lago, con el mismo nombre. Me tendí en la cama con la ropa puesta, entre la fatiga y la modorra dejé que mis pensamientos se desataran. Había pasado veinte años creyendo que el amor lo podría superar todo, incluso el desamor del otro y me había equivocado. Muchas veces, mi temor a vivir lo que cada día me  deparaba, me devolvía a tus brazos.

Más allá de lo que pudiera esperar del futuro importaba  más aquello que había vivido contigo. De noche mi sueño se impregnaba de tu ausencia mientras que el frío del invierno me recordaba tu alejamiento. Para asumir una realidad ineluctable había buscado recursos que  me dieran una sensación de sosiego y pertenencia al mundo. Aunque alternaba con las personas me sentía terriblemente sola. Podía navegar por el inmenso territorio de la tecnología y contactar con los demás, la agonía de no existir para ti, era mucho más fuerte que cualquier otra emoción o sentimiento. Sin embargo, aunque tuviera la vocación por el ayer, un horizonte se desplegaba ante mis ojos con la urgencia de ser tomado en cuenta.
Me habías dicho que no tenías ninguna religión, no profesabas una fe pero vivías consumido por las supersticiones ¿Cuál es la diferencia entre fe y religión?  ¿Por qué no seguí mi vida sola? ¿Por cobardía, comodidad, un sentido erróneo de libertad o simplemente miedo a vivir? Ahora, me da vergüenza pronunciar tu nombre, durante veinte años lo había repetido con devoción hacía ti. No pude decirte que dentro de mí, habitaba la pena de los muertos. Todo lo inexpresado golpeaba mi cabeza y se trasmitía a mi corazón. Deambulaba sola por mi casa, transitando los entresijos de una espiral, pero, de pronto comprendí que debía buscar y hallar una hilacha de esperanza que me ayudara a mirar de nuevo la vida a colores y no solamente en tonalidades grises. Quería saber todo sobre mí. Más allá de mi fragilidad, de mis planes quizá limitados debía encontrar mis respuestas.

¿Qué existencia tenías detrás de esos ojos claros? Una vida que nunca compartirías conmigo. Mis preguntas te exasperaban mientras que yo creía que eran necesarias. Cuando me preparé para este viaje  puse en la maleta una antigua Biblia que había comenzado a leer cuando decidí alejarme. No diste señales de preocupación por mi abandono. La habitación era confortable, al tomar algunas cosas del equipaje encontré la Biblia y la abrí al azar como acostumbro a hacer cuando la leo. Estaba cansada pero deseaba leer  y descubrir algo que hiciera sonar un timbre, en mi interior. Por otra parte, también, tenía que descansar para la jornada que me esperaba al día siguiente, con la ida a Cafarnaúm.

No puedo precisar los hechos, solamente recuerdo que en la mañana, el teléfono me despertó y una voz, en inglés, me recordó la salida; a las apuradas  me alisté y salí con el grupo a nuestro destino. Recorrimos y llegamos al sitio donde estaba la antigua sinagoga, la brisa del lago atenuaba el calor. A la sombra de un arbusto me senté a beber agua mineral de la botella que llevaba conmigo. El tiempo que estuve allí me envolvió un sopor denso. Miraba a esas personas que debían creer en algo, por eso estaban allí y no en una playa como Ibiza. De improviso, una mujer se me acercó y tomó del brazo casi obligándome a seguirla. Exhalaba el perfume de las flores del mirto. Existen senderos que no llevan a ninguna parte, me dijo. Me sentí en una soledad infinita, las demás personas habían desaparecido. El viento soplaba y parecía repetir lamentos dolorosos. Seguí a la mujer como una autómata. Caminamos por la orilla del Jordán, tomamos la senda del mar Muerto. No supe cuando tiempo había pasado, quizá dos días o más, no comíamos, solamente yo bebía agua; tampoco dormíamos. En un momento, del día, divisé una montaña y apareció el mar.

Quedaban  los restos de una ciudad, con alquitrán y sal. La mujer se volvió, me miró y en sus pupilas percibí la silueta de una estatua de sal. El sol era implacable y el calor calcinaba. La mujer se acercó a mí, abrió sus brazos como en oración y me dijo con una voz dulce: Este es el paisaje que te rodea cuando insistes en quedarte en el pasado. Después se marchó como a quién no le importa que se acaben los senderos. Quedé perpleja mientras el sol me quemaba las mejillas y comprendí que era María, la madre de Jesús. Inmóvil, sin comprender mis emociones miré el horizonte y busqué  el camino para reunirme con el grupo. En ese instante un fuerte repiqueteo me sobresaltó, abrí mis ojos y la luz del amanecer inundaba la habitación, alargué la mano y tomé  el auricular del teléfono al tiempo que escuchaba una voz, en inglés, que  me avisaba que era la hora de levantarse.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario