domingo, 4 de septiembre de 2011

Hotel California



Un capítulo de mi próxima novela "AJEDREZ PERPETUO"


En aquel tiempo ella estaba viviendo ya en Montevideo, cuando un atardecer recibió la llamada de él y convinieron en encontrarse en el hotel California donde estaba hospedado. Sabía de ella al dedillo, qué hacía en sus horas libres, los lugares qué frecuentaba, las personas con quienes se reunía. Se sobresaltó. Cuando sonó el teléfono no se imaginó que sería él. Le preguntó cosas sobre ella:
-¿Te gusta vivir en Montevideo?
- Me siento más tranquila
Ella vivía en una casa solariega en un barrio residencial que había sido el lugar de veraneo de la familias acomodadas del siglo pasado. Siguieron hablando de cosas banales que no se referían al pasado sino más al presente que los confrontaba. Hubo cierto momento en que ella se sintió incómoda y fue cuando mencionó a Ariel. Le comentó a grandes rasgos que es cruel y desapegado de los sentimientos, que ahora estaba en el Brasil, con la excusa de terminar sus estudios aunque pretendía recomponer desde el exterior el movimiento. Le pareció que él no hablaba con nadie con tanta sinceridad desde hacía años. Luego cayó el silencio sobre ellos. Era un  hondo silencio que de tener los ojos cerrados, permitiría desfilar las imágenes del pasado como una película de Godart. Entonces, él la invitó a su hotel:
-Estoy en Montevideo, de paso, mañana tomaré un vuelo rumbo a Suiza. Me gustaría que pudieras venir al Hotel California. ¿Lo conocés?
-Si, lo conozco
Estaba turbada, él estaba allí a pocos minutos de su casa y quería verla. Su corazón latió de prisa como si quisiera huir de su tórax. Por un instante no supo qué hacer. Era evidente que deseaba verlo, pero era consciente del riesgo que eso equivalía. En numerosas ocasiones, en su mente había fantaseado con la idea de verlo una vez más. Lo que más recordaba de él, era la textura de la tela del pasamontañas que cubría su rostro. Por otro lado, tampoco quería sacudir el tizne que cubría los hechos tenebrosos del pasado. El ni siquiera se sacaba la ropa ni el pasamontañas. El instinto le advertía que no debería verlo, sin embargo la propuesta le estremecía y la rodeaba de una irrealidad incompatible con ella. Se había quedado sin palabras:   
-¿Estás allí?
-Estoy aquí y pasaré por tu hotel en una hora.
-Te espero.
Ella anotó en una hoja, el número de la habitación y del teléfono del hotel. Y fue hasta allí para verlo, a la vuelta del centro de detención de cientos de desaparecidos y víctimas de la dictadura uruguaya. Llegó al lobby,  nadie estaba en la recepción, se dirigió al ascensor y pulso el número dos. Caminó con pasos lentos el pasillo y encontró la puerta de su habitación, golpeó, cuando se abrió él sonreía en el umbral. La abrazó largo rato, aspirando su perfume, Eternity  de Calvin Klein, la acarició sin prisa como si fuera el dueño de las horas. Se acariciaron largo rato sin decir nada. Con toda naturalidad, la llevó al lecho,  la desnudó e hizo lo mismo. En habitación, Central Park Blues cantada por Nina Simone le daba un ambiente sobrenatural. De haber sido lo mismo en el pasado, quizás, ella hubiera sido feliz. Pero, esa oportunidad, se había perdido y nadie la recuperaría y menos ellos. Ella intuyó que su tacto sentía nostalgias de la trama de la tela que le cubría el rostro. Él  la contempló desnuda con la avidez de quién tenía sed o apetito de una bebida o manjar exquisito. Muy despacio, lentamente, había pasado tanto tiempo desde que se separaron, entró en su interior. Sofía, recordó el hondo silencio, entre ambos, que se tragaba todos los ecos sin permitir que llegaran a la superficie. En cada ocasión, juntos ella se enfrentaba a la imagen de la muerte, que se desplegaba a pocos segundos, cara a cara con ella. Ese silencio con tinieblas como un fantasma se interponía de nuevo entre ellos. Solo ese silencio y nada más. Ante esa sensación experimentó pánico y sintió miedo. Entre las sábanas, ella se abrazó a su cuerpo desnudo y se acurrucó entre sus brazos, él dijo en un susurro que la amaba. Ella pensó que su sentimiento no tenía futuro, que la oportunidad había pasado de largo. Nadie podía, ahora, recuperarla. Sentía que su cuerpo era atraído hacia la oscuridad, de esas tinieblas. Cerró los ojos y espantó esos pensamientos. Sonaba The  Star- Crossed Lovers,  esa pieza de blues  de la que Harika Murakami habla en una  de sus novelas, mientras la dureza y un frío de hielo se instalaban en su corazón; el sonido del saxo sonaba doliente por el amor de una pareja de enamorados desdichados, en un intento afanoso de conjurar la fatalidad, inundaba el cuarto del hotel.
Había permanecido a su lado, algo así, como tres horas, eso creía porque no miró su reloj. No hablaron de nada, solamente estuvieron juntos y acurrucados como eso hubiera sido lo más importante en el mundo. Cuando abandonó el lecho, intentó retenerla y ella se puso de pie, le sonrió y se vistió presurosa. Temblaba, precisaba salir afuera  y respirar aire puro. Sentía que si no se marchaba pronto, se quedaría absurdamente  a su lado. Le tomó de la mano:
-Me tengo que ir.
- Está bien, pero me gustaría volverte a ver.
- Necesito estar sola y cuando ponga en orden el caos que me habita, veré si eso es posible. En mi vida no hay lugar para las obligaciones ¿Me comprendés? Siento que no debí dejar que pasara estas cosas entre nosotros. Fue un error.
El la estrechó entre sus brazos y la besó, cerró los ojos y se quedó inmóvil; ella pudo sentir los latidos de su corazón dentro de su pecho. Era un latido acompasado, suave, breve. Cerró los ojos e imaginó su sangre roja que fluía en sus arterias. Le acarició su pelo suave, aspiró su fragancia, mientras sus manos vagabundeaban en su espalda como si intentara retenerla. El abrió los ojos y dijo:
-No comprendo nada, pero  respeto tu decisión
La abrazó y ella le estampó un beso en la mejilla, después tomó su bolsa y salió al pasillo. Mientras esperaba el ascensor, lo vio de pie en el umbral de la puerta con los brazos cruzados. No era alto y parecía muy vulnerable. Sacudió la cabeza y su pelo le tapó el rostro. Agitó su mano para decir adiós y se fue. Él también, le dijo adiós. Ambos sabían que era un adiós para siempre. Ella se sentía vacía, tenía un espacio en blanco inmenso en su interior. Salió a la calle, dobló en la esquina y fue al sitio donde dejó estacionado su auto. Se sentía sin fuerzas, deseaba caminar por la arena de la playa y no pensar en nada. Fluir. Salió a la 18 de Julio y llegó hasta rambla de Pocitos. Caminó descalza en la arena mientras resonaban  a su alrededor el ruido de las olas. Deseaba regresar al hotel, pero no se había movido ni un milímetro, sabía que sería en vano. Una profunda tristeza la invadió, las luces de la noche titilaban y una brisa fresca le recordó que debía regresar a su casa. 


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