viernes, 25 de febrero de 2011

“Residentas, Destinadas y Traidoras” a propósito de “La Noche de las Kygüa Verá” como antecedente del papel de las mujeres en la reconstrucción de la Nación paraguaya.




La obra de Guido Rodríguez Alcalá: “Residentas, Destinadas y Traidoras”- Testimonios de Mujeres de la Triple Alianza, es una compilación de carácter divulgativo acerca del papel que ha protagonizado las mujeres en la guerra contra la Triple Alianza.
                
Se trata de relatos de las propias sobrevivientes o sus allegados en la  pos guerra, se leen de fuente secundaria los escritos de Héctor F. Decoud (niño traidor, acompañante del éxodo impuesto a su madre, Concepción Domecq de Decoud), los de Dorotea de Lasserre  cuya figura inspiró el cuento “Destinas”  a Helio Vera; los de Encarnación Bedoya y de Silvia Cordal. Todas ellas pagaron culpas ajenas estigmatizadas como destinadas y traidoras.
                     
No existen cifras certeras en relación al número de Traidoras que murieron en su particular periplo por Ihú, Curuguaty, Igatimí y Espadín (lugar ubicado en la unión de las cordilleras de Amanbay y Mbaracayú. Un recuento del grupo importante de las Destinadas a Espadín fueron brindados por  Dorotea Lasserre y Héctor F. Decoud. Sin embargo, no discriminan la lista de las liberadas.

La venganza de López fue contra la familia de los traidores, y esta compilación expone el lado oscuro de las “Residentas”. Un hecho que se debe destacar es la “Masacre de Concepción” cuando Francisco Solano López ordena ejecutar a mujeres acusadas de traidoras y despojadas de sus joyas, en la plaza pública de la ciudad.

Se ensalza de manera convencional a la “Residenta”, sin tener en cuenta que en febrero de 1868, López ordena evacuar Asunción, bajo pena de muerte para aquellas incumplidas. Este éxodo de las mujeres las distinguió en categorías tales de: Residentas, cuyas familias estaban en buenas relaciones con el gobierno, es decir con López;  las Destinadas y Traidoras cuyos parientes eran opositores al régimen e incluso pagaban por las faltas de sus amigos o conocidos.

Las condiciones de pobreza durante los últimos meses de la guerra igualó a Residentas y Traidoras porque todo el mundo pasó hambre, con excepción de la familia López y algunos de sus favoritos, refiere G. Rodríguez Alcalá.

Una anécdota impresiona del relato de Dorotea Lasserre : “…llovía siempre, ya teníamos verdadera hambre, la sirvienta de la señora Leite estaba en un deplorable estado de languidez, cuando de repente abortó una burra de la señora, yo les dije que en Francia se comía burra, y que comiesen el aborto al momento. Se animaron y bajo la una continúa lluvia cocinaron esa carne…yo cerré los ojos, pues había jurado vivir y comí de ese alimento.”

Una mirada crítica a la condición de estas mujeres  permite comprender la valentía, la vulnerabilidad y la capacidad de sobre vivencia en condiciones infrahumanas y crueles. Este es el antecedente del invaluable  aporte de las mujeres paraguayas o extranjeras a la construcción de la Nación en la pos guerra de la Triple Alianza.

El libro de Guido, va por su 4ta edición (2010), y puede encontrarse en la Plaza Uruguaya, “Pabellón Serafina Dávalos”, Servilibro.

jueves, 17 de febrero de 2011

Capitulo 28, novela "Sombras sin sosiego"

                                   28

                          
                    
Es domingo y deambula en la mañana soleada en la búsqueda de un mercado de antigüedades, vaga por las desiertas calles mientras que en la intersección de Palma e Independencia nacional, un perro envejecido y achacoso ladra sin descanso a unos niños que duermen bajo el sopor del vaho de la cola de zapatero. Una densa oleada de aire la unge de un hálito de estupor y percibe que en la ciudad se convive con miles de fantasmas. Sonríe al recordar que las sociedades latinoamericanas se reflejan en el espejo de la paradoja; en ellas se entremezclan las haciendas y las financieras; el analfabeto funcional y el intelectual cosmopolita; el caudillo y el inversionista. Actualmente, el trabajo y la religión han sido reemplazados por la ideología del mercado, aunque algunos pensadores hayan impulsado discusiones planteando el tema de la muerte de las ideologías. En nuestros países, los partidos políticos presentan una característica esquizofrénica, el hegemónico otorga a sus miembros un sentimiento de identidad social; donde la mitad es como una orden religiosa y la otra agencia de empleos. De esta manera, los gobiernos de turno siendo los mayores empleadores. Cuando falla el sistema, como en el Paraguay, se da el éxodo masivo de personas al extranjero buscando trabajo, primero a la argentina, después a E. E. U. U. y ahora a España. La necesidad económica obliga a los paraguayos a vivir una cultura diferente.

En las plazas del Parlamento, en Asunción, todavía se extravían los ecos de numerosas voces, las de los otros; de aquellos jóvenes que experimentaron un despertar cívico y luego se hicieron trizas ante el muro del poder de turno y que culminó en un charco inmenso de sangre para el país, en un precio demasiado costoso para mantener una democracia política tejida de hechos y significados ambivalentes. Beatriz había perdido sus ilusiones pero no sus convicciones. Había leído el poema de Eliot: “Entre la vida la vida y la realidad, entre el impulso y la sombra”. Eso le había hecho percibir que el camino de vuelta a una misma pasa por el de los otros. La violencia es una respuesta que impone el poder. La miseria del hombre actual se sustenta en la ignorancia de las causas y del objeto del sufrir, sobre todo en la inutilidad del sufrimiento. Aunque a veces la lucidez brota del dolor como el agua de un manantial, pero deja una angustia como ciega desazón que distorsiona el sabor de los sentidos, se vuelca hacia lo que es amargo y cubre de un manto gris al mundo iluminado e inocente que cobija a la humanidad. Es necesario que del Paraguay se desencanten el infortunio y el dolor. Tiene que existir en algún lugar un cielo más brillante y más azul. Beatriz retoma la calle Estrella y baja por Chile al costado del Panteón de los Héroes y santuario de Nuestra Señora de la Asunción. Cruza Palma y se instala  en una mesa del “Lido Bar”, en la terraza. Pide un pastelito* y un vaso de jugo de naranja. Un niño le pide una moneda, mira su mano y niega con la cabeza. El niño se aleja por la vereda y Beatriz clava su mirada en el asfalto negro.

Gira la cabeza y en una mesa cercana a la suya, divisa al hombre del noticiero. Tien ele pelo casi sobre la nuca, se lo aparta detrás de las orejas, lee el diario y de vez en cuando toma su bebida. Es blanco, no impresiona lo fornido ni lo alto; masculino ni femenino. Impresiona su ambigüedad. Su belleza inclasificable. Ni feo ni bello. Beatriz siente que ha encontrado un espécimen atrayente. Un hombre lo saluda y conversa unos minutos con él. De nuevo retoma su lectura. Ella se saca los anteojos oscuros y sus ojos claros lo miran empecinados en desentrañar sus recovecos. Una tenue gota de sudor le recorre la frente. La piel blanca y transparente de Beatriz adquiere el grafismo de sus sinuosas venillas y arteriolas. Ella es alta. Su gran resistencia ante la depresión hizo que adquiriera hábitos y costumbres saludables. En ese aspecto, salir de paseo por diferentes lugares de la ciudad le permitió aprender a lidiar con sus conflictos. De pronto él la mira, se levanta y se marcha como si tuviera demasiada prisa, de golpe. Lo mira alejarse hacia la plaza y cruzar, Nuestra Señora de la Asunción hasta 25 de Mayo. Ahora su memoria le da la respuesta, es el hijo de Carlos Ordóñez, ya fallecido, como el libanés Cassiuff y Ortellado. Para ellos fue catastrófica la caída de la dictadura. La madre del joven, al quedar viuda, abrió una casa de modas con franquicia para la venta de los diseños exclusivos de Malui Bertucci. Él se dedica a escribir guiones de televisión y cine, como asimismo por esas circunstancias de incomprensibles del sub. empleo en el país, lee las noticias. Tengo buena vista, piensa ella. Paga la cuenta, se levanta, camina la misma vereda por Palma.

Una cuadra más abajo, se encuentra instalado el mercado dominguero de antigüedades. Mira los diferentes objetos. De pronto, llama su atención una caja de té, decorada con una pintura de relieve con detalles iridiscentes. El interior tiene dos compartimientos, el color es canela. Sintió fascinación por la caja y la compró. Pensaba en los arcanos que pudiera albergar esa caja. Era increíble cómo las circunstancias e historias de las personas se encontraban en algún punto inexplicable. Particularmente, no sentía ganas de atormentarse con hechos pasados. La vida vivida es aquella que fue honrada con decisiones propias. Trató siempre de vivir de acuerdo a sus principios y valores, tal cual había aprendido de su padre y de su abuela. Ese domingo se sentía particularmente contenta, Marga su compañera de colegio le había llamado por teléfono para contarle noticias de Nina. Por fin se verían otra vez. El pasado le parecía tan lejano, infinito y, sin embargo, habían pasado tres décadas desde que Nina huyó del Paraguay.  
                         
(Lourdes Talavera, Capítulo 28 de la novela: Sombra sin sosiego.Editorial Arandurâ 2009)
 

El desalojo

                                                                  
                                           
 Los rayos perezosos del sol se colaban entre las ramas de los árboles, el fresco del amanecer era sumamente agradable. Ramón Brítez se acomodó en el asiento del jeep mientras el chofer conducía tranquilo. La espesura del pasto que alimentaba a las vacas, a la vera del camino, le trajo recuerdos de su infancia. La chacra fue el espacio donde tanteó sus primeros pasos, recordó a su madre llevando el tereré rupá[1] a su padre.

Trabajaban denodadamente, el sudor se mezclaba con el polvo; y en la época de la cosecha del algodón, desde el más pequeño al más anciano de la casa se ataban una bolsa a la cintura y colaboraban en la recolección de los blancos copos, que daban una bonanza a la escuálida economía familiar.

Ramón completó sus estudios en su comunidad y luego fue a vivir con su tío a la capital; fue un alumno aventajado, por eso, logró ingresar a la academia de policía y a la facultad de derecho. Hoy, a cargo de del destacamento norte, estaba conceptuado como un respetable defensor de la ley, rasgo poco común entre sus camaradas. Chéverô guara, chockokue kuéra imbareté kikuái ko’ápe.[2]- le dice su chofer.

Asiente con la cabeza y sigue ensimismado en sus pensamientos.

La lucha por la tierra es por la vida. La explotación y la proletarización de los campesinos son una realidad en la sociedad actual, había oído concluir a alguien en un análisis sobre el tema en la televisión. Ekirî`rîna nde bolche[3], había sentenciado mecánicamente en su mente en dicha ocasión.

Su padre era un campesino que se identificaba con el trabajo y la tierra que pisaba.

Aquella era para él su seguridad personal y familiar, allí se desarrollaba su relación comunitaria y con el mundo.

Cuando los invasores de predios se resistían a abandonar la tierra tomada, se le asemejaba a Ramón una lucha contra la muerte, y por lo tanto a pesar que se revelaba a aceptar la idea, eso representaba la defensa del derecho fundamental del hombre. Aunque en su fuero interno se resistía a la reflexión de que la reforma agraria es una bandera y un movimiento concreto para el desarrollo de un país agrícola.

De este modo discurrían sus pensamientos al filo de la impensada izquierda; si eres hijo de campesino, cómo renegar de tus orígenes, le reclamaba su conciencia. Su madre siempre le comentaba el nacimiento de Ramón. La mayoría de las veces, él se sentía privilegiado. Solamente había algo que le desagradaba y era integrar la comitiva judicial y efectivizar el abandono de los asentamientos. Mirar cada rostro curtido por el sol le confrontaba con el semblante cubierto de arrugas de su padre y hermanos mayores prematuramente envejecidos. Los niños descalzos y sorbiéndose los mocos formaban parte del paisaje en el invierno. Las mujeres con el vientre abultado o amamantando a los más pequeños le producían un sentimiento paradójico. Creía que lo que ocurre sólo puede venir de lo que se haya hecho, porque cada quién es responsable de lo que se llama destino; sin embargo, intuía un mundo distinto al que veía para aquellos desheredados en su patria.

Su casa no había sido eso, exactamente, sino un rancho kulata jovái [4], fresco en el verano y abrigado por los leños del fogón de la cocina, en el invierno. Su madre se levantaba antes del amanecer para tomar mate [5] con su padre, y luego preparar el desayuno.

Siempre hacendosa, cuidaba de la huerta y del gallinero; también se ocupaba de hacer quesos que luego vendía en el pueblo y ayudaba para la compra de provistas en el almacén de don Dionisio. Él la ayudaba en dichas tareas, y eran momentos donde intercambiaban anécdotas; ella le contó por ejemplo, por qué eligió llamarlo Ramón. La razón era simple y llana; su madre había pedido la intercesión del santo durante el parto. Ha’e oñangareko cherehe [6], decía convencida de su certeza.

El paraje estaba rebosante de cultivos; las plantaciones de mandioca, poroto y maíz evidenciaban la pujanza de la colonia. Sin embargo, los propietarios legítimos habían ganado el litigio, y no les importaban la escuela, el oratorio ni el puesto de salud.   
Un malestar aquejaba a ramón: a su llegada al núcleo de la población, percibió el humo que se levantaba desde el techo del centro comunitario. Sintió un ligero escalofrío cuando vio al fiscal acompañado de las fuerzas especiales. Para amedrentar a los pobladores habían quemado su sitio de reunión. Los líderes deliberaban y no pretendían acatar la orden judicial. Las mujeres y los niños miraban con temor, sin la posibilidad de resistencia ante lo que acontecía. El fiscal se mostraba implacable, instando a los pobladores a juntar lo más imprescindible de sus cosas y abandonar, de manera pacífica, la colonia y evitar enfrentamientos innecesarios. La tierra es de quien la trabaja. Ésta le pareció a Ramón una sentencia más justa, pero sus labios permanecían sellados.

Una mujer que gritaba rompió en llantos que luego parecieron alaridos. El joven maestro pedía: aníke pepoko mitânguérarehe![7] Era una exigencia para que se respetara a los niños. Las fuerzas de represión blandían amenazantes sus garrotes y armas, mientras Ramón se contenía para no expresar su descontento e impotencia.

Vio el desalojo de cada uno de los ranchos, y amontonarse a la intemperie las escasas pertenencias de sus dueños.

Le habían comentado que en ese asentamiento estaban afincadas más de doscientas familias, que al principio sortearon las horas con el vacío de sus estómagos y la inclemencia del clima, debido a la falta de alimentos y la precariedad de su campamento. Cultivaron el suelo como alternativa de sobrevivencia. Ramón tenía delante de él, a los niños llorando sin consuelo y a sus madres suplicando una tegua a la violencia. Miró y vio, con ojos incrédulos, el cuadro de la desolación. Por primera vez en su vida, se calificó de sentimental; los años lo estaban ablandando.

Recordó a su madre amantando a su hermanito, zurciendo sus ropas, dando de comer a las gallinas; ahora experimentaba un dolor interno. Había leído que la nostalgia es una salida a la angustia; estaba asfixiándose, y cerraba los ojos a una realidad que lo lastimaba, ¿Dónde quedaba en su vida la efímera felicidad? Lo zarandeaba la dramática lucha de la posesión de la tierra como medio de vida y comprendía a esos campesinos, que se resistían y sobreponían a las persistentes amenazas de exterminio, en su afán de no doblegarse a la condena de ser desempleados o proletarios en las crecientes periferias urbanas.

Preso de la ansiedad, se movía de un lado para otro, verificaba cada una de las acciones porque no toleraría el abuso de poder de sus hombres ni los desmanes de los labriegos; deseaba a toda costa que no sucediera ningún desenlace lamentable. Caminaba de aquí para allá. De pronto, se acercó a uno de los ranchos; se asomó al umbral de la puerta, y percibió el aroma a cirio.

En la pieza, divisó u pequeño altar donde resaltaba una imagen de San Ramón, tallada en madera. Una mujer en un rincón tenía prendido a sus senos un pequeño bulto envuelto e harapos.

Cuando Ramón miró al suelo, descubrió una manta extendida y placenta como una masa veteada en un charco de sangre.

Ella había parido sola a su hijo, en cuclillas; y con la llama de la vela había cercenado el cordón umbilical. A los cuarenta y dos años, sorprendido, él comprendió la magnitud de la devoción que su madre le profesaba a ese santo.



(Lourdes Talavera, publicado en: Afinidades Furtivas. Relatos enhebrados. Criterio ediciones, 2007) 







                                                                                  


[1] Colación de media mañana que se ingiere antes de tomar la bebida refrescante llamada tereré, infusión de agua fresca y yerba mate. Puede consistir en una mezcla frita de  mandioca  y huevos que. se llama: Mandió chirirî.
[2] Para mí, aquí los campesinos están fuertes
[3] Cállese, bolche (bolchevique).
[4] Rancho con techo de dos aguas.
[5] Infusión de agua caliente y yerba mate
[6] Él cuida de mí.

[7] ¡No lastimen a los niños!
* El pastelito es una especialidad gastronómica del “Lido Bar”, referente citadino de la ciudad de Asunción, elaborada como una empanada  frita y puede llevar de relleno carne vacuna, pollo o pescado.

La caza de mariposas

Los niños estaban de vacaciones en la granja de la familia, en el interior del país. Javier y Eduardo, hermanos mellizos, luego del almuerzo pensaban escaparse durante la siesta para ir a cazar mariposas, en el montecito que se encontraba detrás de la lomada de la iglesia.

La mamá había ordenado: ¡Todos a la cama, a dormir la siesta! Los niños terminaron de almorzar y fueron a su habitación, el ventilador apenas disipaba el intenso calor. Apenas el silencio se apoderó de la casa, Javier y Eduardo salieron por la ventana al patio y ganaron la calle. El sol titilaba en los vidrios de la ventana. Los niños llevaban en sus manos la bolsa de red para atrapar las mariposas. La meta que tenían por delante era hacer un álbum con las más variadas especies de mariposas para el álbum de ciencias, al inicio de clases. Hacía mucho calor y bordearon la lomada de la iglesia para  llegar al puente que está sobre el arroyo bañarse en sus frescas  aguas o pescar. Javier buscó un árbol, se sentó en el césped y se recostó por el tronco.

Descansaré un rato, dijo a su hermano. Eduardo preparó una rústica caña de pescar con una tacuarilla y se empeñó en hacer picar a algunos peces, los trozos de pan que había guardado en los bolsillos de su bermuda. Javier, se adormeció en la modorra del lugar. De pronto, sintió que alguien palmoteaba su espalda. Se revolvió en el suelo y gruñó una frase no audible. Sintió la sensación de la presencia de otro niño.

¿Hola, qué haces aquí? Preguntó al rubio niño que lo miraba con los ojos abiertos:

¿Quieres escuchar música con mi MP4?

¿Qué es un MP4? Replicó el niño.

¿De qué planeta vienes? Interrogó de nuevo al pequeño desconocido.

Vengo de los montes, me alimento de la miel silvestre y llevó a los niños que no hacen la siesta a vivir en lugares lejanos.

Bueno, dime entonces: ¿dónde queda tu planeta?

Vivo en los montes, ¡No sé como hacerte entender!

Me llamó Javier y mi hermano Eduardo ¿Cómo te llamas?

Jasy Jatere…

Ah, ya sé. Eres el hijo del Pombero, eso nos explicó la profesora de guaraní.

No, no soy hijo de ese personaje. Confundiste mi origen ¿Javier, acaso, no me temes?

No, porque le tengo mucho más miedo a los vampiros, Jasy Jatere. ¿Viste la película:
“Crepúsculo”?

Te dije que no salgo de los montes, ¿Cómo crees que pueda ir al cine?

Es fácil, le dices a tu mamá que te lleve al shopping. Le explicó Javier.

No, vivo solo y prefiero correr por los montes, comer la rica miel y asustar a la gente.

Jasy Jatere, le contaré a mi profesora de guaraní que tienes miedo de irte al cine.

¿Estás seguro, Javier, que no me tienes miedo?

Mira, Jasy Jatere, podemos ser amigos. Tú nos enseñas el monte y nos ayudas a encontrar las mejores mariposas para el álbum de ciencias y yo te llevaré al cine.

Dale, Javier…

Entonces, Javier siente una sacudida. Eduardo lo zarandeaba para despertarlo como sea.

Despierta, dormilón… tenemos que cazar mariposas. He pescado cuatro mandi î para la cena. ¿Qué te pasa?

Mi  nuevo amigo, Jasy Jatere, nos ayudará a cazar las mejores mariposas para el trabajo de ciencias y nosotros lo llevaremos al cine.

Eduardo le tocó la frente  y le dijo: ¡Estás delirando, tienes fiebre!

La búsqueda de mariposas fue suspendida y Eduardo llevó de regresó  a su hermano a la casa. La madre primero preocupada le dio una medicina para bajar la temperatura, lo bañó y  metió en la cama. ¡¡¡ Están castigados por escaparse durante la siesta, dos semanas sin salir, hasta regresar a Asunción!!! Dijo, la mamá.

Los niños quedaron muy tristes porque no lograron cazar las mariposas para el álbum de ciencias del nuevo año, para la escuela.

Regresaron a la ciudad, y unas semanas después, la empleada entregó a los niños una caja. La revisaron y encontraron una enorme variedad de mariposas. Las más hermosas que habían visto hasta ese momento. Preguntaron quien la había traído y la mujer  les respondió: Un niño rubio y pequeño.