domingo, 9 de enero de 2011

La violencia y sus bemoles

Requiém poético

                                             "La poesía que vuelve como la aurora y el ocaso"
                                                       Jorge Luis Borges


-¡Tontita, no te resfries!

La voz resuena en sus oídos y se toma la cabeza entre las dos manos.
-¡Tontita, no t resfries! - se recuesta por la pared y se saca las lágrimas con el dorso de los dedos de su mano izquierda. Una dama elegantísima s edoría durante el concierto. Cuando el violín dejaba de sonar, un joven levantaba algo su cabeza y cuando resonanban las notas, ésta regresaba a su lugar de adopción, el hombro de su novia. Otros jóvenes con el pelo largo, recogido en una coleta, cuchicheaban detrás de las personas sentadas en la penúltima fila. Ella por su parte, intentaba seguir la melodía. Se sentía triste y tonta, además tenía sueño.

No era ese sueño que es la vigilia y que sueña con soñar como bien lo describiera Borges.Era un sueño como horrible ausencia de sí misma entre quienes están despiertos. Ella observaba al auditorio y sentía en su cerebro, aquella frase que le horadaba:

-¡Tontita, no te resfries!
Sentía frío, el silencio estaba presente aunque se oían los cuchicheos de los jovenes en la última fila. Lentamente, sintió el rubor subiendo en sus mejillas. La sobresaltaron los aplausos y la gente que s eretiraba del teatro. Ella volvería a sus revistas, a, los desfiles de moda, a las sesiones de fotografía. Prefería guardar sus palabras en su garganta, le parecía que era mejor sentir lo que acontecía, que decirlo.

Sabía que son más apreciadas las mujeres calladas y complacientes que se entregaban a la alegría del otro, sin importarles su propio gozo en la plenitud de su piel. esperaba algún día, que la grandeza y la belleza del orden le llegara sin previo aviso, como una especie de estrategia de sobrevivencia.

-¡Tontita, note resfries!

Los requisitos de su bienestar se reducían al perfume de moda y la colección del diseñador más requerido en su guardarropa. ella parecía siempre contenta. Pero nadie sabía que ella veía en el día o en el año un símbolo de los días del hombre y de sus años, como leyó en los versos de Borges. Comenzó a inquietarse, caminaba de un lado a otro, yendo y viniendo; iba mirando por todas partes, temerosa y nerviosa.Sentía  el frío de la brisa que entraba por la ventana abierta y que obligaba a las cortinas a danzar en un ritmo frenético y desordenado. escuchaba en su interior una voz que le repetía sin descanso:

- ¡Tontita, no te resfries!

Caminaba descalza por el piso desnudo con la angustia impregnada en sus movimientos y gestos. se casó a los viente años con un exitoso director de orquesta. Él era erudito. fueron muy felices los primeros diez años de una relación despareja, donde ella era una mujer sumisa y sonriente que satisfacía hasta las mínimas necesidades de su esposo. Ese día soleado y fresco, ella le confeso:

- Me gusta la poesía de Borges

Él, con una sonrisa colmada de fina ironía, le respondió:

-¡Tontita, no te resfries!- mientras s eacercaba a cerrar la ventana abierta del noveno piso donde vivían. la habitación estaba colmada por los rayos del sol. ella todavía guarda en su retina la imagen de un cuerpo desparramado sobre el negro pavimento.
(Publicado en "Junto a la ventana" Servilibro, 2003)

La miserabilidad humana




Ladran  los perros
                                                               
                                                                 “De las cosas inferiores
                                                                  siempre poco caso hicieron
                                                                  los celestes resplandores;
                                                                  y mueren porque nacieron
                                                                  todos los emperadores”              
                                                    
                                                                   Francisco de Quevedo

Los perros ladran y sé que nada los detendrá hasta que arranquen a jirones la carne de su presa. Las sombras están estáticas mientras mis pasos resuenan  en la calle lateral que me lleva a la plaza. De pronto, divisó a un grupo de personas, alguien se arrodilla en la acera y los demás parecen socorrerlo- Lo sientan en un banco, mientras una delgada mujer sostiene la mano del hombre. Los jóvenes le rodean. Me acerco y un sollozo continuo se instala en mis oídos. Las campanas de la Catedral han dado las nueve. Siento, miedo algo indescriptible corroe mis entrañas. Como un grueso temblor quebrantando mis piernas.

Lo he reconocido, su silueta familiar, desgarbada; sus ropas desaseadas y los ojos a punto de salirse de sus órbitas. Pude correr entre la gente y abrazarlo, pero preferí que esos desconocidos lo confortaran. Impresionaba verlo desvalido, vulnerable, casi como un pequeño cachorro que ha perdido a su dueño en un día lluvioso. ¿Qué cruel extravío! Presentí el final lo cuando vi esa mañana. Cómo describirlo, había pasado solo la tarde y  que lucía destruido. Seguía llorando entrecortadamente cuando la mujer le enjugó las lágrimas. Los jóvenes dijeron algunas palabras de consuelo y el balbuceó que diariamente lo visitaría para pedirle sus consejos. Nadie quiso contrariarlo, menos todavía yo que tenía el coraje suficiente para hablarle y llevarlo a casa. Me acerqué a un árbol, me recosté y lo dejamos marchar por la calle en dirección a su destino. No lo detuve ni me atreví a someterme al menosprecio de esa gente, me había empezado a faltar el aliento y dolerme el pecho. Lo veía marcharse cuesta abajo. Ellos comenzaron a seguirlo, formaban un cortejo que marchaba silencioso.


Alguien le palmoteó el hombro, lo presentí desfallecer de dolor. De espaldas parecía sereno como si la tormenta hubiese amainado en su interior.

Me llamó la atención la polarización de los efectos de ese grupo de personas. Exhalaban un anhelo de sangre que se percibía en el aire. Era una especie de alucinación mía. Un delirio persecutorio que me rondaba y se refería al entrenador de perros.

Me agité interiormente porque lo dejé ir, no intenté detenerlo, ni siquiera invitarlo a conversar o simplemente a sentarme con él, en un banco solitario. Lo conocí en casa de Victoria, durante una velada musical; me dijeron que se dedicaba a organizar carreras de perros. Los adiestraba y luego dejaba que los apostadores eligieran a sus favoritos. Era mal visto en la ciudad, porque la sociedad protectora de animales lo consideraba una persona despiadada, por lucrar de ese modo con las miserias humanas valiéndose de los canes. Había conseguido un importante capital, pero no lo dejaban frecuentar la vida social de las familias de bien. Prácticamente se convirtió en un ermitaño. La situación en nada le molestaba y hasta parecía divertirle. Cuando la soledad le sobaba las costillas, una buena ópera le rescataba del derrumbe.

Algunos se asombraban de su capacidad para reconocer las obras más famosas de ese género. Fue por medio de la ópera que conoció al maestro. Nadie comprendía ni podía explicarse la relación que se había establecido entre ellos.

Diariamente, el entrenador de perros pasaba por su casa para la charla acostumbrada. La visita se había convertido en un rito. Llegaba puntualmente a las cuatro de la tarde, cuando la señora María acababa de disponer la merienda. Eran infaltables el café con leche y las medialunas sin relleno que el maestro cultivaba como una secreta adicción. Ambos estaban convencidos que tenían pocas cosas en común; pero, compartían esas pequeñas cosas, estaban menos solos que consigo mismos.

Luego del reconfortante momento, se debatían en juegos de memoria, repasando los listados de las obras que consideraban las más reconocidas, mientras escuchaban fragmentos de las versiones italianas. Él comentó al maestro que su padre había sido un conde, oriundo de Florencia, a quien no conoció porque fue hijo de una mujer soltera.


Creció en tierras cercanas a los esteros del Chaco paraguayo, casi en frontera brasileña y boliviana. Como su madre trabajaba en una estancia, él fue internado en un hogar a cargo de unos religiosos italianos, donde aprendió las letras y se aficionó por la ópera. Al maestro le sorprendió su buen oído y fue otorgándole ciertos privilegios de representación, negados a los eruditos de la música. Él le daba consejos para el manejo de sus ahorros y sobre todo le indicó el camino de una vejez llevadera en medio del tumulto que ocasionaba su persona. Ladraban los perros y era ensordecedor. No se habrá visto semejante espectáculo en toda la ciudad, en le tiempo transcurrido desde el estro de los canes. A veces, el maestro abandonaba su casa santuario y en un inaudito hecho asistía a las carreras de su amigo. El escándalo hubiera sido menor si un celoso defensor de la moral no hubiese descubierto que apostaba a los canes. Nadie pudo acreditar que el maestro haya disparado certeramente sobre el animal, el que cayó muerto. Apostó a un perdedor y en un arranque de furia desenfundó un arma que llevaba en la cintura, matando de un tiro al can.
                                      
Los perros sobresaltados se abalanzaron sobre el anciano, la baba empapó sus ropas; nadie supo quién lo arrebató de las fauces de la jauría. Un gentío enmudecido lo rodeó mientras llevaban al maestro a un centro sanitario especializado. No se atrevió a avanzar ni a hablar. El día anterior pensó que la jornada sería exitosa, aunque se inquietó cuando los perros ladraron y ladraron hasta quedar prácticamente roncos. Había revisado el patio, su demarcación y los límites del cuadrilátero de la competencia; con parsimonia planificó a los competidores y sus turnos. Si alguien le hubiese advertido sobre una tragedia, se habría reído.

La noticia se propagó inmediatamente, el maestro falleció víctima de la agresión de los perros; lo consideraban un infeliz, un resultado de los delirios musicales que alimentaba, lo llamaban el loco de turno, en torno al maestro. Por más que el maestro fuera un saco de huesos, él no necesitó más para darse cuenta que, al igual como le había ocurrido a su abuelo, los perros le habían partido en dos el cuerpo.




Recordó a la señora María que no contuvo el llanto y le gritó hasta quedarse afónica. Se aferró a sus brazos y le clavó las uñas, diciéndole: ¿así me lo entregas? Él levantó sus manos al vacío. Cada uno sentía según la intensidad de su duelo. Ese entorno lo tomó desprevenido, lo turbó y desgarró su espíritu. Quiso huir de sus propios sentimientos y preguntó adónde lo habían llevado.


Él había infundido esperanzas o expectativas al maestro. Ya no pudo contener su llanto. Lloraba la muerte de un amigo. Los funerales fueron pomposos, quizá hasta el maestro se revolvía en una especie de estupor en el ataúd ante la grandiosidad del evento. Lo llevaron hacia una tumba, pero no acompañaban a un muerto que se les adelantara en abandonar este mundo, sino a alguien colocado en el pedestal de la gloria.

El entrenador de perros cargaba con una doble pena: Por un lado, había perdido a su gran amigo y, por el otro, había sido de alguna manera responsable de los acontecimientos que propiciaron el desenlace. Trémulo, lloraba desconsoladamente y se hundía en la más penosa tristeza.

Sabía en fondo de su alma que su amigo había disfrutado de su compañía, hasta que se había lanzado al reto de apostar en las carreras; lo traicionó una hilacha de miseria humana, se abandonó a una leve ambición y se cegó ante una pequeña derrota. Lloraba sin desconsuelo cuando se encontró, en la calle, con los estudiantes de música. Seguía llorando cuando sintió el primer golpe, luego el pavor le entumeció las piernas; sus labios probaron el sabor salobre y tibieza de la sangre. Los árboles de la plaza se le abalanzaron, los jóvenes gritaban y él no comprendía el significado de las palabras. Miró el firmamento y se dio cuenta que las nubes negras ensombrecían más la noche. Cayó en un leve sopor que luego fue vertiginoso. Lejos, muy lejos de eso, en el patio, los perros ladran mientras que mis ojos secos no miran nada.

(Lourdes Talavera, cuento publicado en su libro: Afinidades furtivas, 2007, Criterio Ediciones)

lunes, 3 de enero de 2011

Literatura hebrea y memoria histórica.

Historias de judíos en la narrativa de Susana Gertopán
                                                                   Lourdes Talavera
La literatura hebrea se inicia con los textos que en su conjunto se conoce, en la actualidad como la Biblia, luego se desarrollan los tiempos antiguos de la historia judía: Años de diáspora, destierro, exilio, persecuciones. La literatura hebrea abarca la fidelidad a una idea, la Biblia, y la dura realidad que era necesario enfrentar. Así, nace el Talmud, ese profundo mar de interpretaciones del texto bíblico que reúne legislación junto a imaginación. La esencia del mundo  judío parece concentrarse en la letra. La máxima figura de la Edad Media fue Maimónides (1138-1204) con su Mishná Torá y Guía de los Perplejos. Nació en Córdoba, España. Escritor muy prolífico, ha creado obras filosóficas y teológicas, poesía, matemáticas, medicina y astronomía.
En el siglo XX,  las letras hebreas se desarrollaron principalmente en los países europeos. Posteriormente surge en Palestina un centro literario que toma fuerza. En la actualidad, la literatura judía se nutre de personalidades como Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz, quien retrata importantes características de la posición judía, con la conciencia de la muerte adquirida en el Holocausto.
Asimismo Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978, periodista, crítico y escritor,   que se concentró en la cultura polaca de antes de la guerra para proyectar las fuerzas internas en imágenes derivadas del folklore.  Así  se tiene a escritoras judías como Cinthia Ozich, con “El Mesías de Estocolmo” y Mary Berg, con “El gueto de Varsovia”.
Identidad judía
La identidad judía se apoya en un mecanismo de preservación de la memoria, al rememorar el pasado histórico y  son  las mujeres quienes tienen dicha tarea, y se puede afirmar que sin las mujeres judías no podría existir la tradición ni   tampoco el pueblo judío.  Marjorie Agosín, chilena – judía, expresa que han sido las mujeres las que han tomado conciencia de la identidad hispanoamericana- judía o judía-hispanoamericana. En ese aspecto, se puede apreciar  los siguientes conceptos hacia su narrativa:
 “Heredera de un destino irremediable de pérdidas y abandonos, que encuentra un nuevo eslabón, ya imaginado, en el propio viaje, la narradora siente que ese Chile idílico del recuerdo, ese país hecho de palabras es su patria, su verdadero hogar. El lugar de origen, Chile, coincide con la novela familiar, pero está reñido con su presente actual. La aceptación de lo uno excluye la posibilidad de vivir simultáneamente lo otro, la destierra del presente a un tiempo distante y otro. Además de recuperar la historia de sus propios ancestros, en Sagrada Memoria, Agosín relata la llegada a Chile de otros judíos, que su abuelo, como miembro de la Federación de los Judíos de Santiago tiene la responsabilidad de recibir en Osorno, la primera parada de su viaje. Estas "vistas" de los recién llegados son relatos breves donde, en pocas líneas, se definen las vidas de estos personajes que forman parte de "la gran familia" de Agosín: la comunidad judía europea. Estos relatos, protagonizados por personajes carentes de fisuras o complejidades, hablan de las peripecias típicas del cuento popular: el viaje del héroe o la heroína en peligro en pos de un destino mejor, un camino de obstáculos, de pruebas cualificantes que siempre lograrán vencer con ciertas ayudas. La dramaticidad de la situación migratoria, que es su ocurrencia más clásica, muestra una cara de desarraigo afectivo y cultural, de frecuente marginación, de crisis de identidad, aparece en cierto modo mitigada o diluida en los textos de Agosín por la acogida familiar o el final reconciliado (incluso feliz) de la historia.” (León, 2007: 109)
Por otro lado, Agosín, señala que Ana María Shua, escritora judío-argentina, repudia la negación para decir no al olvido, y compara el trabajo de las arpilleras con el de la memoria, que “en el proceso de escribir se recupera y teje”. Para ella existen escritoras que están rescatando la memoria de lo sagrado y que incluso “están recuperando los pormenores y secretos de la comida y mesa judía, para integrarlos a un ritual...”. Ana María Shua ha publicado un libro dedicado a recetas y anécdotas de la cocina judía.
 Asimismo, Margo Glantz en su libro “Genealogías” recupera la historia y costumbres de los inmigrantes ruso – judíos en México, mientras que Cinthia Rimsky, chilena – judía, en su libro “Poste” evoca imágenes de nostalgia por la tradición religiosa.
Entonces, al tomar en cuenta estas dimensiones particulares, se puede considerar que la literatura hebrea/ judía es un espejo de la vida,  que refleja y acerca a la historia  vivida  por sus exponentes.
Historias de judíos en la narrativa de Susana Gertopan
Susana Gertopan, en nuestro país, es una importante referente de la literatura judía y nos presenta  temáticas que aluden a la diáspora o exilio hebreo, el holocausto y las secuelas en sus víctimas como también las tradiciones y ritos judíos como se evidencia en su primera novela “Barrio Palestina”. El exilio es tratado en cada una de sus novelas de manera explicita o implícitamente desde diferentes miradas: el exilio del hogar, el político, el autoexilio y lo que ella denomina el “otro exilio”, ese que lleva a las personas a defenderse de la vida como un mecanismo de defensa para protegerse del dolor externo. Este tema es tratado en su obra “El otro exilio”.
“De pronto me encontré perdido, no había coherencia entre lo que recibía de afuera, mis sueños, mis pensamientos, y lo que decir, pero seguí escribiendo, no callé. Me negué de nuevo a enmudecer y optar por mantenerme cobijado en el mutismo. Luchar desde otro campo, éste que me sirve para identificar mis espectros, indagar en mis sueños, reconocer a mis fantasmas, descifrar mis miedos, purificar mis culpas.”
Los conflictos generacionales entre padres e hijos se ahondan a través de una confrontación de la cosmovisión de los protagonistas en “El nombre prestado” que lleva al  lector a reflexionar acerca de las tradiciones, ritos, costumbres y creencias transmitidos de generación en generación de los descendientes judíos. La familia es el principal escenario de este cuestionamiento en los personajes referidos. Así, en “Barrio Palestina” se describe la evolución ideológica de un niño a joven judío que al final de la historia decide abandonar a su familia y alistarse como militante de la lucha sionista y viaja a Palestina.
“Era el 15 de setiembre, una mañana fresca y soleada, de nuevo subiría a un barco. La decisión del viaje ya la había tomado mucho tiempo atrás. Un movimiento sionista envió los pasajes para el tío Jósel y para Shéndale. Con el dinero que fui guardando en el pañuelo me compré el mío. Antes de partir me despedí de mis padres, de mi hermano y de todos nuestros vecinos de Barrio Palestina.”
La condición sometida de las mujeres a las tradiciones hebreas en un contexto de aculturación a las costumbres, modas y usos latinoamericanos, en particular, en el Paraguay, se aprecia en “El retorno de Eva”. La protagonista principal se rebela ante la sumisión y pasividad que la llenaba de insatisfacción en el contexto de un matrimonio monótono y gris, que la empuja  a solicitar el divorcio de su esposo y en consecuencia es repudiada ante el asombro y conformidad de su tradicional familia. Ella emigra a Israel, en donde permanece durante 20 años, sin regresar a Asunción. Trabaja, estudia, se convierte en madre soltera y asume plenamente una posición feminista. En un acto de valentía regresa a visitar a sus padres y se enfrenta a sus fantasmas del pasado y esto le permite elaborar su historia personal y cerrar puertas para vivir plenamente su presente, y abrirse al amor, a una nueva pareja desde una perspectiva humana y cálida.
“Esta vez me casaba en una ceremonia que si conocía, en un idioma que conocía y con un hombre de quién estaba enamorada, y al que yo, como mujer, sin culpas ni pesares, elegí.”
 Un elemento  omnipresente e hilo conductor en las obras de Susana Gertopan, es el sentimiento ambivalente de sus personajes que han escapado o sobrevivido a los campos de exterminio de los nazis. La culpa ante la sobrevivencia, la azarosa adaptación a nuevas sociedades y culturas extrañas se repiten perceptiblemente, y a veces, de manera sutil en su narrativa. En su reciente novela “El equilibrista” se pone de manifiesto que el ser humano en su esencia busca equilibrar la vida en medio de vicisitudes riesgosas y la desesperación.
“Agobiado de tanto andar por calles desvastadas, entre personajes nefastos; figuras sombrías deambulando entre escombros, relatando dolores, torturas y otros sufrimientos; de oír melodías tristes, gemidos, lamentos por los muertos, alaridos de desconsuelo; del olor a rancio, a viejo, a descomposición, decidí abandonar Polonia y viajar a Francia. Debía reponerme.”

Por otro lado, es un tema reiterativo, en su narrativa, la separación de las familias a causa de la persecución de los judíos  y el Holocausto. Así también, el amor es tratado de modo recurrente en sus novelas. El pensamiento de los personajes ante dichos temas se refleja con sencillez como consecuencia de un lenguaje literario bien estructurado en una trama densa e incisiva.

Con su última novela “Callejón oscuro” ha obtenido el Premio “Lidia Guanes” 2010. La obra premiada relata las condiciones de vida de los comerciantes judíos de décadas pasadas en el barrio Pettirossi, ubicado alrededor del mercado municipal número 4. Allí, junto a campesinos, indígenas y los clientes habituales, ellos viven un proceso de aculturación con sus características particulares.
 Susana Gertopán, muestra con su narrativa que el pueblo judío es el gran pueblo de la memoria, el pueblo que en la carencia de un territorio determinado, se ha sostenido en la palabra en el transcurrir del tiempo.

Capítulo 25

                                                       Él puede sentir cómo los fragmentos del recuerdo- emociones, imágenes, frases – reaparecen y se reorganizan como en un juego, donde cada retazo busca encastrarse con el lado que le corresponde y de esa manera se va completando la trama y recobra el sentido. Si su madre hubiera encontrado a su padre o si éste hubiera sido enterrado en algún lugar, entonces Renato hubiera podido ir a llevarle flores, como hizo ante la tumba de su madre en aquel cementerio de Asunción, llamado del Este.

Si hubiera sido así, quizá pudiera haberle dicho que no descansaría hasta hacer justicia. Aunque siga sin tumba, lápida o sin inscripción y sin muro para lamentarse primero y luego reconciliarse, igual no descansaría hasta que le hagan justicia a su padre y a miles de víctimas de la dictadura de Stroessner. Todavía flota en el aire ese aroma de infancia. Un olor que le recuerda la tristeza y el placer. La paradoja le invadía y él rogaba que desapareciera al sacudirse. Por momentos, deseaba con furia dejarse impregnar hasta el alma de esos aromas sin oponer resistencia. Mira la habitación y se detiene en la alfombra, quizá ese es el detalle que más le arraiga a su infancia. Pero, todo se ha ido mezclando con el tiempo así como se ha ido transformando la estancia; los almohadones, los cuadros, las cortinas. Es como si Antonia hubiera ido plasmando sus cambios en aquellos objetos de la casa. Siguen los mismos muebles. El sofá de color azul Francia, los sillones, el aparador antiguo y su cristalería de Bavaria. Todo eso está allí para recordarle la otra dimensión de su infancia. Ese sillón junto a la ventana, le trae la imagen de su madre tejiendo en otro lugar que no era ese, pero que su memoria ha guardado como un tesoro escondido.

Estás en Argentina, hace más de treinta años. Piensa. El perfume de Antonia y los habanos de Luis marcan su memoria. Se había empeñado tanto en ser argentino, tan
Argentino como para hacerse peronista como Luis.




Malui detestaba a ese partido demagógico, que para ella era la caricatura diluida de un  nacionalismo trasnochado de tango. Luis le decía cuando lo encontraba ensimismado: Mira, pibe, existen hechos que suceden nomás…a veces cuesta explicarse las causas. En esos casos conviene recordar que la vida no es justa.

Recuerda la figura de su madre; casi ha olvidado el color de sus ojos, su sonrisa, la cálida entonación de sus palabras. Tenía cinco años cuando ella regresó al Paraguay, para saber de su esposo y  la hija que había dejado al cuidado de una amiga de su compadre Pedro. Nadie había podido darle pistas de él, Antonia había intentado tener noticias, de las autoridades argentinas y del consulado paraguayo. Algunos le dijeron que posiblemente lo habían devuelto al Paraguay. Un conocido de Nuria lo había visto ingresar a Investigaciones. Ella no dudó en regresar a buscarle y lo dejó a cargo de Antonia.

Renato recordaba a su madre con ese aire dolorido, que a veces daba lugar a una ensoñación nostálgica de su pueblo y su país. También, le gustaban las margaritas. Alguna vez la vio llevar una de esas flores entre sus negros cabellos. Renato se toma de la cabeza, mientras que sostiene sus codos sobre el escritorio. La oficina se impregnó de una atmósfera inefable. Le llegan unas palabras en guaraní, sin esfuerzos ni tropiezos. Son ligeras, libres como el pensamiento: 
Ha, che valle Pirayú-mi/ ay, che valle Ita Yvu/ ha, che valle Pirayú . mi/ ha, morena che rohayhu  

Era una canción que cantaba su madre, y Renato también la recuerda con nitidez. Recuerda sobre todo la determinación de encontrar a su esposo y a su hija. Ella cantaba como si al hacerlo eso la acercara a su patria y a sus seres queridos.

Ko’êtîsoro/guyra’i oñe’ê/ Kóva oraitépe/ che aikese/Taike nerendápe/ñañombojaru/rehendúpa reîna morenitamí/ ay, che valle Pirayú – mi/mombyry reime chehegui/ha cheképe guáicha reime/ ay, morena che rohaihu.




Con la misma naturalidad con que iba cantando en guaraní, las palabras en la mente de Renato encontraban su significado en castellano, como si siempre lo hubiera hecho, reintegrando en una única voz las lenguas de su infancia.

Ay, mi pequeño valle Pirayú  /ay, mi valle Ita Yvu / ay, mi pequeño valle Pirayú / ay, morena, te quiero. / Al romper la aurora/ hablan los pajaritos/ a esta hora / quiero entrar para mimarte / encariñarnos/ me escuchas, mi morenita. / Ay, mi pequeño valle, Pirayú / lejos estás de mí/ y como en sueños estás en mí / ay, morena, te quiero.  *




(Lourdes Talavera, novela “Sombras sin sosiego”, 2009. Capítulo 25, Editorial ARANDURÂ)

Fantasía Citadina


Sintió repulsión cuando lo vio en el diario, al día siguiente de navidad. A pesar de eso se encontró aliviado con el sentimiento que experimentaba. Ella le había enviado como un tributo de paz: “Los versos del capitán” de Pablo Neruda; se convenció de que se trataba de una venganza y sin pensarlo siquiera tiró el libro a la basura, luego de rasgar con rabia la primera página donde ella había escrito que la fantasía es un canto de libertad. Con letra redonda y firme estampó esa frase que lo atormentaba y nutría su deseo de desquite.

Ella lo abandonó, dejándole un profundo vacío que se negaba a llenar, lo había dejado desganado para soñar. Por eso la comparó con el maniquí del escaparate de la tienda de ropas del centro comercial. Se había vuelto inmensamente fría e inhumana. Prefería imaginarla con los labios jugosos como una fruta madura; suave como la brisa marina de un templado amanecer. Recordaba como sus palabras entrañaban un cierto temor porque eran punzantes y certeras como la flecha de un cazador. Ahora su boca le negaba esos placeres que él siempre había deseado de manera vehemente. Irremediablemente la había permitido adueñarse de sus febriles ilusiones y se había extraviado en los laberintos del amor.

La conoció en la terraza de un café, en Barcelona, bajo las acacias de la Plaza del Reloj. Estaba sentada ante una taza vacía, leyendo las “Obras Selectas” de Max Weber. Felina e indolente, lo miró con los ojos almendrados y él se sumergió en la vorágine del deseo y la pasión. Indefenso, frágil y desprovisto de palabras la abrió las puertas para que hurgara en sus más recónditos rincones, sus sueños y sus miedos. Por un instante, creyó que  con ella cruzaba la vida y se realizaban sus delirios. Compartió con ella sus navidades con paisajes de la infancia, villancicos y aroma de flor de coco. Entonaba desafinadamente “Lucy in the sky of diamonds” y él superó el terror de que alguien le besara las lágrimas; ante su propio asombro de prodigarse en las caricias.

Ninguno de los dos se había interrogado donde se sustentaba la relación entre ambos. La sensación de desastre que les dejaba ese intenso amor se convirtió en un rito. Inasible como un verso de Neruda, deseó tenerla siempre a su cuerpo. A veces, la miraba dulcemente, mientras ella relataba las delicias de las frutillas que se encontraban al final del arco iris o cuando dibujaba con sus palabras la casa blanca de amplios corredores y verdes aberturas, rodeado de un mar rugiente, en los atardeceres del otoño. Habitaron juntos allí, y ella instaló un hogar donde el fuego perenne del amor iluminaba el firmamento. Ella le impregnó de alma, sus vigilias y ensueños.

Lentamente fue entretejiendo en su mente sus formas, le dio color a su piel y calor a su aliento; la envolvió con su ternura y él mismo se volvió vulnerable a la necesidad de tenerla cerca de su corazón, La transformó en prisionera de las redes de su fantasía. No se le ocurrió preguntar si ella se sentía feliz en esa condición. Ignoró sus ojos perdidos en el horizonte y llenos de nostalgia de una plenitud postergada. Comprobó asombrado que el amor podía ser único aunque otros entraran y salieran de sus vidas.

Un día cualquiera fue conmocionado por los comentarios maliciosos; ella se había enamorado de un joven que  para ganarse la vida pasaba música en un local nocturno. Se indignó, blasfemó y lo planteó como un asunto bélico. Uso estrategias de guerra contra el enemigo y resultó vencida cuando ella públicamente asumió que estaba enamorada. Por eso le escribió que la fantasía es un canto de libertad como venganza. Sin darse cuenta, el hastío se apoderó de las cosas. Ella siempre había dicho que prefería morir que a vivir separados. Sin embargo, estaba demasiado contenta y sin ganas de regresar con él. Se enteró, luego de un tiempo, que la relación con el muchacho había concluido sin pena ni gloria. Extrañamente, ella seguía radiante y diáfana, distante e inalcanzable.

Por eso, el comentó esa historia del hombre incapaz de amar y que se obsesionó por un maniquí para llenar el hueco de su existencia. Inauditamente, ella lo ignoró tantas veces quiso. Permaneció imperturbable, soberbia y lejana como ese maniquí del escaparate de la tienda de ropas. Calmadamente evaluó que se había quedado sin fantasías. Se hallaba terriblemente desganado para soñar de nuevo. Se sintió triste concausa y pensó en las otras ocasiones en que había perdido, sin guardar rencor a nadie ni maldecir al destino. En concreto, ella le había estropeado el alma. Sabía que aunque tomara el café con sus amigos como si nada hubiera pasado; se compara miles de nuevos libros o se fuera de viaje, él resentiría ese caprichoso dolor que ella le había dejado en algún punto de su alma.

La verdadera desgracia fue dejarla invadir su intimidad. Deseaba aprender de la derrota sufrida, pero bien sabía que quedaría ávido de amor y con temor a la muerte. Siempre conjuró al desamor desafiando el miedo a la ausencia definitiva. La única y última despedida es la muerte. Esa mañana se encontró en las fotografías del diario, tendido en un charco de sangre y  en una mano empuñaba un arma blanca que tenía clavada en su corazón. Al lado suyo, en la cama revuelta, estaba tirado un maniquí desnudo, cribado a puñaladas.


(Cuento publicado en el libro de Lourdes Talavera: Zoológico Urbano, 2004, editorial SERVILIBRO)



domingo, 2 de enero de 2011

El arte de leer un libro

El arte de leer un libro

En la mayoría de las sociedades y civilizaciones, el arte ha combinado la función práctica con la estética, pero en el siglo XVIII, el mundo occidental decidió distinguir el arte como un valor estético que, al mismo tiempo, cuenta con una función práctica. El arte es un medio por el cual un individuo expresa sentimientos, pensamientos e ideas; y de este modo se lo ve como un conjunto plasmado en pinturas, esculturas, letras de canciones, películas y libros.

Leer es una condición necesaria para tener acceso a un universo de propuestas culturales que abarcan tanto la filosofía y el arte como la ciencia y la tecnología.
También, se puede decir que leer un libro es develar un secreto codiciable que justifica el esfuerzo. Un lector asiduo de ficciones tiene grandes probabilidades de ser un lector eficaz de cualquier tipo de texto ya que la apuesta que le ofrece el discurso literario es alta y lo pone en situación de ejercer todas sus potencialidades de lector frente a ese reto.

La literatura es una de las formas de la cultura que tiene importancia tanto en la construcción de un lector de libros autónomo e independiente en cuanto al acceso a otras formas y prácticas culturales. Para acercarse a un trabajo serio con la literatura es necesario contar con un aparato teórico y crítico que permita hacer lecturas cada vez más amplias y profundas.

Existen teorías que postulan que la práctica de la lectura literaria debe contar con un mediador que acompañe al nuevo lector a ampliar la lectura del texto literario. Por ejemplo: el maestro, el profesor de letras o un promotor de la lectura. Si se considera el ámbito de la escuela, se tienen antecedentes situacionales según las décadas pasadas. Así, en los setentas, la tesis dominante era que la lectura languidecía por influencia de la televisión y un Estado con políticas sociales que postergaban la educación y en consecuencia la lectura. En los ochentas, la corriente dominante era promover la lectura en la escuela y en otros ámbitos. Asimismo, en los noventas, se da el fenómeno de la homogeneización, selección, agrupamiento y catalogación de los libros a ser leídos en la escuela, lo que constituía un control social de la lectura. A partir del milenio, año 2000, se preconiza la frase de Roland Barthés: “Leer es un placer”. La misma se asocia con la comodidad y la facilidad, opuesta al trabajo, y al esfuerzo. Su símbolo es el almohadón  en contraposición al duro símbolo de los pupitres. Sin embargo, Barthés le da a la lectura  del libro, el significado de conquista gozosa. La lectura y el proceso de construirse como lector también demandan esfuerzo debido a que cada nuevo texto es un desafío. Leer da placer porque se conquistan nuevos mundos, se abren senderos, que llevan a una selva de palabras. Con la lectura, uno entra y sale de la ficción y eso da placer porque promete más gozo si se hace el esfuerzo de leer y eso  se constituye en un acto deseado, codiciable.

La lectura, y el goce de los libros, han sido considerados siempre entre los encantos de una vida culta. La lectura es respetada y envidiada por quienes se conceden rara vez ese privilegio. Es fácil comprender esta situación cuando  se compara la diferencia entre la vida de un hombre que no lee y la de uno que lee. El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en un mundo inmediato, con respecto al tiempo y al espacio. Su vida cae en una rutina fija; está limitada al contacto y la conversación con unos pocos amigos y conocidos, y ese hombre solamente ve lo que ocurre en su vecindario inmediato. No hay forma de escapar de esa prisión. Pero en cuanto toma en sus manos un libro entra en un mundo diferente.

La escritora argentina Angélica Gorodischer expresa su axioma de oro: “Leer enseña a pensar y a sentir”.  En sus palabras, el libro se revela como un objeto inmortal e infinito que pone el mundo al alcance de la mano del lector y le permite conocerse a sí mismo, ponerse en el lugar del otro, recuperar la fe en el futuro, ser más sabio y más feliz. Un niño que está acostumbrado a ver libros en su casa, a oír a sus padres hablar de libros, a pedir de noche que le narren un cuento antes de dormirse, asociará la felicidad con un libro y no necesitará que lo obliguen a leer. También, mirará televisión y probablemente se sentará frente a la computadora a jugar a los jueguitos, en red o no en red. De esta manera, el libro puede coexistir con la televisión e Internet porque el gozo de la lectura una vez conocido no se abandona jamás.  

¿Qué es arte de  leer un libro? La respuesta es muy sencilla: Consiste en tomar un libro y leer cuando se tiene ganas. Para gozar de la lectura, ésta debe ser espontánea.