sábado, 23 de julio de 2011

El testigo






Los niños se resistían a formar la ronda, corrían de un lado a otro provocando la desazón de la maestra del preescolar. Ella gritaba y gesticulaba, pero no lograba involucrar a los niños en el juego de la ronda. Entonces, súbitamente iluminada lanzó una amenaza.

-¡Los niños que forman la ronda serán llevados junto al comisario Mencia! ¡Él se encargará de cambiarles la opinión!

Diego sintió en ese instante que un ejército de hormigas le invadía el cuerpo; no supo en qué momento tomó la mano de la compañerita de al lado ni tampoco cómo el pantalón se le había mojado.

Pocos días ates, había oído la conversación de su padre con el vecino. Comentaban que el panadero Mussi se encontraba preso en la policía, en el Departamento de Investigaciones, porque era miembro del partido opositor al Gobierno. Diego lo había encontrado en varias ocasiones frente a su negocio cuando su madre iba a comprar el pan y no comprendía de qué manera se manifestaba la peligrosidad del panadero, pues más bien parecía tranquilo como su padre y era muy querido por su esposa y sus hijos. Algo hacía la policía porque ninguna persona que era llevada detenida volvía sin historias macabras.

Recordó a José, el imprentero, quien fue llevado preso porque había realizado un trabajo para un grupo de estudiantes que distribuyeron panfletos en contra del presidente.

Los padres de Diego se pasaban diciendo que eso les pasaba solamente a los que se metían en alguna conspiración. Finalmente, José regresó a su casa, pero perdió el ojo derecho a causa de los golpes recibidos durante su estancia en la comisaría.

Diego no deseaba que lo llevaran junto al comisario Mencia. Una madrugada, un automóvil detuvo la marcha frente a su casa y experimentó la sensación de que un gran vacío se apoderaba de su pecho; trémulo, casi lloroso, comprobó que toda la cama estaba mojada.

En casa de Basilia, revolvieron todas las habitaciones y los alrededores. Su hermana menor comentó que se llevaron hasta la garrafa de gas. Parece que Luisa, su otra hermana, se suicidó tirándose al pozo cuando algunas personas le contaron lo que le habían hecho, quien, desangrada perdió a su hijo. Estaba embarazada de siete meses. Según las versiones, fue arrestada porque su compañero Roque era dirigente de un grupo político-militar.

Diego miraba incrédulo a la maestra. Nadie le hubiera convencido de que ella, justamente la maestra, sería llevada meses después presa, junto a los miembros de la Caja Cooperadora de la Escuela. La violaron, la torturaron y al retuvieron dos años en una especie de campo de concentración, en un pueblo llamado Emboscada.

Cuando estaba en la Facultad, la encontró en la calle, la saludó y le recordó que fue su alumno en el preescolar. Los grandes ojos de la señorita lo examinaron sin curiosidad. Estaba un poco perdida todavía, en medio de la ciudad. Después de muchos años de rehabilitación, ella llegó a coordinar una organización no gubernamental que trabajaba con niños de la calle y prostitutas.

Diego también había militado en grupos de izquierda. Hasta se planteó la fuerza como último recurso para cambiar la situación. Si bien ahora, se había recuperado la libertad de soñar y de expresarse, él resentía la desigualdad de oportunidades para todos sus compatriotas. Ya no temblaba de miedo ante la amenaza de la policía, pero le sublevaba la impune corrupción imperante en los recovecos y niveles institucionales.

A veces veía pasar una manifestación de estudiantes o campesinos, y le volvía una antigua angustia.

Hoy, sus ansiedades y preocupaciones se reparten entre su nieto Fabián, quien ocupa el centro de su universo, así como la empresa familiar, el alza o la baja de la moneda que rige el mercado, y busca cualquier evento cualquier evento que lo aísle de la realidad que no desea ver y le parece un círculo constante vivido por la humanidad.

Cierta mañana, en la plaza del Congreso, una multitud de campesinos reclamaba las promesas no cumplidas del nuevo gobierno. Él estaba de paso por las cercanías; ni siquiera comprendía lo que pasaba. De pronto, se produjo una estampida general, vio correr a la gente, perseguida por uniformados a caballo y a pie. En un momento determinado, uno de los policías sacó su arma y disparó al  pecho de un hombre, que cayó al suelo. El rostro del agresor y su nombre se le grabaron en la mente a Diego.

A sus cincuenta años, ya no tiembla de miedo ni se le moja el pantalón.

Regresó a su casa y se lo contó a María, su esposa. Por eso, en la antesala judicial, espera para dar su testimonio. En su ánimo no impera la venganza sino la justicia para un hombre libre que murió reivindicando su derecho.


(Publicado en “Zoológico urbano. Doce cuentos Citadinos" Editorial SERVILIBRO, 2004)

domingo, 17 de julio de 2011

Atardecer invernal junto al lago



Frenético, vertiginoso, alucinante, en tres palabras sintetizó lo que había estado viviendo pocas horas antes. La vio venir y apareció una mueca en su rostro. Divisó sobre su hombro una gavilla de aves remontando el horizonte. Atardecer de invierno, el lago cuyas aguas presentaban un color plomizo se juntaba con la niebla y las nubes grises. El viento golpeaba el rostro de quienes se atrevían a salir a la intemperie. Frenético, vertiginoso, alucinante, resonaban en su mente como gotas que se colaban por un agujero y en su golpe final terminaban formando un charco sobre la superficie. Temblaban sus piernas, sentía frío, un intenso frío. Pensó en las veces, en que fueron juntos a tomar una taza de chocolate caliente.

Recordaba vagamente, esa cafetería  con mesas que tenían patas de metal y extraños diseños. El portal con aquel letrero rojo donde se leía con letras negras “El antiguo Vesubio”. Frenético, vertiginoso, alucinante, la sentía en su piel mojada con sudor y fragancia de verbena. Ella le trasmitía energía, lo hacía soñar mundos posibles donde se fundieran en un solo ser. Risueña, cantaba canciones en italiano y reía en medio de sus besos. Amore, amore, bacio. Se deslizaba en las dunas de la blanca arena del deseo como un cometa que remontaba el cielo, con el viento. El lago parecía siniestro aquella tarde de domingo, en medio del silencio y del vacío. Sentía que de pronto se había convertido en un hijo de Saturno. Ambivalente, disarmónico, con altibajos, su ánimo le reclamaba un breve descanso. Se sentó en la playa y una opresión le ciñó el pecho. ¡Me estoy muriendo! Pensó.

Con las manos desprendió un puñado de hierbas y rompió a llorar desconsoladamente, mientras se dirigía a la lancha con la intención de navegar por el lago.

No llores, ya pasó. Le dijo ella, cuando lo abrazó. La fusión de sus cuerpos lo había trasportado hacia una dimensión que él desconocía. Ella besó sus lágrimas y él se acurrucó en su regazo. Una inmensa paz lo inundó y quiso quedarse para siempre en ese instante donde la serenidad se palpaba en la respiración de ambos. Trémulo, suspiró y ella le sonrió. Alargó su mano hacia su torso desnudo y lo acarició como si fuera el terciopelo más precioso con el que hubiera topado. Después no supo que pasó. En realidad, su memoria antigua lo traicionaba. Recordaba retazos donde la veía en un mar de sangre y él le sostenía la cabeza.

Reconocía que nunca antes había estado con una mujer como estuvo con ella. Quizá su pelo castaño oscuro le atraía más que sus caderas o sus ojos oscuros de mirada penetrante. Sin embargo, su risa lo seducía. Lo habían invitado a dar una conferencia sobre su último libro en una facultad de letras. Fue para allá esperando aburrirse con las preguntas de los asistentes, pero en medio de esa tediosa reunión la escuchó preguntar con ávida curiosidad sobre aspectos que había tratado de manera superficial en el libro.
Cuando terminó la sesión, ya en el pasillo ella le pidió que le firmara un ejemplar que había adquirido en la librería del centro de la ciudad. Accedió con fingida humildad, cuando le devolvió el libro ella le preguntó donde podría escribirle. Le dio una dirección. Cada dos días recibió una carta de ella. No le contestaba. Seguía escribiéndole y pasaron cuatro años. Él publicó una nueva novela y se la envió. Cesaron las cartas. Algo pasaba con ella, se preocupó. ¿Por qué había dejado de escribirle?
Buscó su número de teléfono y la llamó. Dijo que no le había gustado la historia sobre fantasmas que había escrito. Prefería sus obras anteriores. Él intento disuadirla pero fue en vano. Ven, a verme, pidió y ella fue.

Se quedó,  y se convirtió en la sombra de su sombra si cabe la expresión. Tenía la habilidad de convertirse en alguien indispensable. Leía lo que escribía, hacía las correcciones, buscaba la información precisa para corroborar los más sutiles datos. Le preparaba el café con leche en el punto exacto que le gustaba. Sabía en que preciso momento una canción de blues le disiparía la fatiga. Hubiera pensado que le leía el pensamiento. Él pasó por una etapa de fructífera creación y más de una vez, ella le reclamó que la había convertido en uno de sus tantos personajes. Él reía y ella descompuesta por el enojo daba un portazo y salía a caminar. Al cabo de unas horas regresaba con el semblante tranquilo, repuesta de la rabieta. En una ocasión, ella le había comentado que a veces creía que si se moría, él escribiría un librito para recordarla. Él la miró a los ojos y le contestó: Escribiría un libro, mi querida.

El lago y sus aguas plomizas lo devolvían a ese lugar donde fueron felices compartiendo una merienda en el atardecer invernal mientras el viento les susurraba cuentos macabros. Frenético, vertiginoso, alucinante, se sentía cuando consumaban ese encuentro eterno que les había tocado como privilegio. Un día inesperado, la gente empezó a enfermarse a causa de un virus que hacia estragos en las personas, y provocaba una rápida muerte con grandes hemorragias. Ella se enfermó, la internaron en un hospital y él no se movió de su lado. Al segundo día, cuando se inquietó en el lecho, él  le acarició el pelo castaño oscuro que le cubría el rostro. Despobló su frente y le dio un beso. Entonces, ella lo miró fijamente y él comprendió lo que le decía: Te amo y lo sabes, como también, sé que me amas. Vomitó un chorro de sangre y  convulsionó hasta entrar en coma. La trasladaron a la sala de terapia intensiva y falleció a las dos horas de ingresada.
Frenético, vertiginoso, alucinante es el golpe que recibe cuando la lancha que conduce se estrella contra el muro de piedra de la playa, mientras que el lago y sus aguas plomizas se revuelven en una ola que no llega a la orilla.